Allanamiento I: (Des)prolijidad | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

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Allanamiento I: (Des)prolijidad

octubre 13, 2016

Son buena onda, para mi sorpresa. Los dos de adelante charlan como si estuvieran yendo a cambiar un foco, a entregar un pedido. El que maneja debe de ir por su tercer cigarrillo en un lapso que se me antoja de cinco minutos. Seba, el copiloto, parece alguien que podría estar cursando conmigo. Atrás vamos una chica y yo. Ella está abstraída en su celular, y creo por culpa del Whatsapp. Es una testigo más, pienso. No tiene cara de cana ni ahí y eso me genera un sentimiento de compañía express. Igual eso no me alcanza, necesito buscar algo para aferrarme, algo que me devuelva a las coordenadas de mi vida, que me saque de aquella situación irrisoria en la que me veo yendo con varios policías de civil hacia un allanamiento.

El cielo de la Avenida 60 se empieza a desvestir de sus edificios y ahora se muestra brillante como un monarca. Las formas que conozco también se van alejando junto con la geometría de las calles. Miro por el parabrisas de la Kangoo —¿o es una Partner?— porque los vidrios de atrás son muy oscuros. Busco algo conocido, pero no lo hay. Entonces salgo de ahí pero hacia adentro de mis ojos, para encontrarme aunque sea con una astilla de mi universo. Y se me viene Lisandro a la mente.

Puto Licha, y más puta su prolijidad civil.

Desde el año pasado anda indignado porque no llevo el DNI encima mío. Me decía que cómo no voy a tenerlo siempre conmigo. Que si me pasa algo, que si me para la policía. “Sí la policía quiere saber mi nombre, tengo el número de mis viejos para que les consulten”, le respondía. Yo ya sé quién soy, no necesito que un cartoncito me lo recuerde. Pero bueno, me insistió, me insistió, y al fin y al cabo para el boliche a veces me lo piden así que en un acto de estupidez ahora lo tengo en mi billetera. Eso me pasa por confiar en alguien a quien no le gustan la ensalada de frutas y el tomate.

La camioneta frena cerca de una estación de servicio tal como acordaron en el Departamento de Investigación. Seba baja y le dice al conductor —que a esta altura su cara me recuerda a un DJ de Chajarí— que no le aplaste la campera que está en el respaldo. El otro le critica el mal gusto y los dos se ríen. Enseguida los otros autos comienzan a escupir personas que hablan con Sebastián, el conductor y la chica del Whatsapp. Mientras lo hacen, desfilan enfrente mío pistolas, escopetas y chalecos antibalas que van a parar en sus buzos con capucha, a calzarse en sus jeans y a descombinar con sus zapatillas de cordones viejos. El poco anhelo de que la chica sea una testigo se evapora tan rápido como lo que tarda en acomodarse la 9 mm. Su chaleco reza POLICIA. Como si hiciese falta la aclaración.

Tengo que salir de ahí. Como removiendo una caja de tornillos, busco algo de mi mundo perdido para sacarme los nervios. Y hace su entrada triunfal Martín, mi hermano.

Puto Martín, y más puta su desprolijidad viviente.

Pero acá, reconozco, estuve mal yo, porque debí de sospecharlo. Soy un pelotudo, tenía que haber visto las señales de alerta que la vida me manda. Pero soy tan pelotudo que no sé qué toqué y ahora me llegan en morse. Siendo él tan desorganizado era obvio cómo iban a ocurrir las cosas. Ese día él había concretado una venta por MercadoLibre y solamente le faltaba ir al Correo y enviar los componentes. Y bue, pasó: se había levantado tarde, salió justo sobre la hora para ir a cursar y se encontró con que no había llevado plata. Entonces me llamó a mí —acababa de hacerme un mate— para completar el trámite. Y fue llegando al correo donde me pararon dos policías, me pidieron el DNI y me invitaron amablemente a hacer de testigo para un allanamiento.

Si el prolijo hubiese sido uno y el desprolijo otro, ahora no estaría estacionado frente a una casa de un barrio desarmado en pobreza, rodeado por escopetas, ladrillos roídos y cagazo. Ruego que el ladrón haya tenido más suerte que yo.

Julián Scatolaro

Imagen: Fintan Magee

¿Querés leer la segunda Parte?: Invasor

 

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