Allanamiento II: Invasor | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Allanamiento II: Invasor

Diciembre 22, 2016

Desde la camioneta lo estoy viendo todo. Segundos antes me habían dicho que me quedara ahí, que primero iban a entrar ellos. Le dije a Seba, con una sonrisa atrapada entre los nervios y la confianza, que aunque me dijeran que salga primero ni loco lo iba a hacer. Él, el chofer y la mina se ríen. Me sorprende que todavía lo sientan como un juego.

Entre cinco y diez personas ingresan a la casa. Lo hacen rápido, anunciándose, con tranquilidad, pero sin olvidar que el sospechoso puede huir por algunas de las salidas de la vivienda aglomerada. Tiene dos puertas a la vuelta, varias ventanas y una reja rudimentaria para que no se escape el perro. Acabo de darme cuenta que escribí «sospechoso», pero Seba ya me contó que el que le robó a una mujer policía en su casa hace un año era el mismo de la vivienda, según un análisis de huellas positivo. De la sospecha ya no quedaban rastros.

Luego de que establecieran el perímetro, Seba fue a buscarme. El ladrón no estaba, y enseguida entendí que no era la primera vez que eso pasaba. Me hicieron entrar por una especie de pizzería-garaje que conectaba con un living y de inmediato al comedor. Me sentí un intruso, una persona en una casa ajena entrando a robar. Así se debe sentir. Encontré a las hermanas sentadas en la mesa del comedor, contra la ventana. Eran dos mujeres. Además había dos nenas y un gurí de unos diez años revoloteando por la casa. Entre los tres nenes creo apenas alcanzaban mi edad.

Lo que siguió fue asquerosamente monótono. Seba se sentó alrededor de todos con su notebook, le había dicho a su compañera que ni en pedo iba a ponerse a hacer todo el acta a mano. Cuando el tiempo se volvió eterno, comprendí sus palabras. Mientras tipeaba y tipeaba, los compañeros daban vuelta alrededor y adentro sin tocar nada, buscando algún indicio que los libere de no tener que volver ahí otra vez. Además del ex sospechoso, con el allanamiento se intentaba recuperar la pistola de la mujer policía, una computadora y un galgo. Pensé entonces que uno de los requisitos para poder robar es no estar limitado por la vergüenza. Y yo tenía mucho de lo último: me había quedado a un costado del comedor abrazando el temor de tocar algo que no fuese mío. También confieso que la altura de la luz y el sonido de los dedos de Seba bailando por el teclado me dieron sueño.

Me sentía un invitado sin invitación a pesar de que las hermanas se lo estaban tomando bastante bien. Alumnas graduadas de los golpes y de la costumbre. Despegué la vista de mis zapatillas para evitar la vergüenza de cabecear frente al jefe del operativo y de los implicados, y empecé a hacer lo que no quería: mirar la casa.

Sentía que había algo morboso en dejar correr la mirada por la vivienda. Me sentía un agente de la Comisión Juzgadora de Valores y de la Vida en plena inspección. Observar era, de alguna forma, recriminar. Pero al reloj del mueble le pesaban las agujas y mi celular no tenía señal, así que no tuve mucha opción. Lo primero que me llamó la atención no fue la disposición de los ambientes remendados de la casa, unidos como islas que se habían encontrado sin querer, sino el cementerio de mates arriba de lo que emulaba ser la mesada de la cocina. Eran como trofeos de cacería: enormes, de los que podían cebar para un ejército; de vidrio opacado por el tiempo; estrechos y graciosos, acompañados de bombillas rígidas como el plomo y sencillas como la alpaca. Había mates apelotonados y solitarios, olvidados salvo por el polvo. Una colección que se me ocurrió sagrada, porque mientras Seba continuaba su metodología sin tiempo, una de las hermanas nos ofreció de su mate. Cuando lo extendió, vi que estaba conformado por una tacita y una bombilla de plástico verde.

Al rato llegó la madre. Llegó como si hubiese venido corriendo desde La Plata. Entró muerta de cansancio e indignación. El jefe del allanamiento le explicó que de seguir saltándole causas a su hijo esto iba a continuar pasando porque el único domicilio que figura en la fiscalía es esa casa-isla, ese santuario guaraní. La hermana mayor estaba cansada de alzar a una de las nenas que se dormitaba. En un momento se rindió. Se levantó, fue hasta el anafe con la nena y encendió su tercer cigarrillo, sosteniéndolo con la boca.

Al regreso no tenía apetito de mirar el mundo. No quería. No podía. Apenas me llegaba la conversación de Seba con el chofer. Le contaba que estuvo averiguando departamentos en Gesell para el verano. Trescientos pesos la noche. Una ganga.

Julián Scatolaro

Imagen: Fintan Magee

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