Dejar de brillar | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Dejar de brillar

agosto 7, 2016

A finales de 2009, fuimos la primera promoción de la secundaria en viajar a La Aurora del Palmar en Colón, donde haríamos nuestra última convivencia antes de recibirnos. No me acuerdo cómo ni cuándo, pero antes de viajar nos habían elegido a Eliana y a mí como los mejores compañeros del curso. Y ambos decidimos escribir una carta sorpresa para la última noche. Sabíamos que a la vuelta del viaje, nuestras vidas cambiarían para siempre.

La carta se fundía en anécdotas, rasgos de cada uno de los del curso —sin obviar a ninguno—, anécdotas del viaje a Bariloche, bailes y previas. Seis años de secundaria resumidos en una hoja. Me emocionaba la idea porque estaba convencido de que mi agrupación era la mejor de toda la ciudad. Y no exagero: éramos uno de los cursos más unidos de todo Chajarí. Por supuesto que existían los subgrupos, pero funcionábamos como los órganos que ni se enteran de la existencia del otro, pero que en el momento de hacer andar el cuerpo, lo hacíamos con la eficiencia de un deportista.

Así sentía a mi curso y por eso, cuando llegó la noche luego de los juegos, las excursiones y la cena, me cayó el peso de la responsabilidad que yo mismo me estaba apropiando. Entendí la sencilla pero compleja elección de Mejor Compañero en el preciso momento que leía la carta, con las chispas del fogón quejándose a mis espaldas y los rostros velados por la oscuridad de mis compañeros, enfrente.

Al terminar, y con Eli todavía a mi lado, me invadió una energía desconocida que nunca antes había sentido, una sensación que se anidó en mi lengua para arrojarse enseguida hacia la noche. Era como si la carta quisiera continuarse sobre los renglones que sólo yo veía. Observé las siluetas, los empecé a animar, a decirles que siguieran sus sueños, que no se rindieran, pero sentí que esas palabras todavía no alcanzaban y entonces miré hacia el cielo perforado por millones de puntos blancos, nadando en una sábana azulada. Bajé la mirada, pero un dedo se quedó señalando hacia arriba. Entonces les pedí a ellos, quebrándome de a poco, que fueran como las estrellas: que nunca dejaran de brillar.

Todos los días descubrimos cosas, y esa noche descubrí la materia prima con la que se fabrican las palabras. Descubrí que ellas surcan los días muertos y los que vendrán con una libertad que me da envidia, y pueden porque están hechas de tiempo. Mientras les hablaba a mis compañeros, de alguna forma sabía que lo que salía de mi boca venía de otra época, de otro lugar.

Era como si ellos estuvieran sentados en una mesa y yo, como un adivino, podía leer su futuro. Sabía sin saberlo que en unos años Marcos y Juanchi llorarían la pérdida de un ser querido. Veía a Eli poniéndose una nariz de payaso y una bata con la habilidad para reírse y para hacer curar. Sabía de los lienzos que María transformaría en dibujos; sabía que Flopi y Lauri se enamorarían de la enseñanza y que jamás abandonarían la escuela. Era como si los astros me hubieran susurrado la vida desconcertante que tendrían Rafa, Marcos y Celi en la capital del país, y que Lula pasaría su cumpleaños esperando rendir un final.

¿Y ellos, también lo presentían? ¿Acaso sabría Fede de su inclinación hacia la abogacía? ¿Sabría Jess que en Rosario comenzaría su etapa de modelo? Me pregunto si Martín tendría la certeza de que se recibiría de kinesiólogo a pesar de ser un mal alumno. ¿Conocía yo acaso mi propio futuro, en el cual cambiaría varias veces de carrera y me estrellaría con la existencia? ¿Sofi sospecharía que dentro de unos años me abriría la puerta de su departamento? ¿Sabía Karen que podría salir adelante sin su papá? ¿Fantaseaba Manuela con verse caminando por las calles de Venecia? ¿Preveía Isaac la web donde yo subiría estas palabras? ¿Vería Brun sus pies y el camino como otra forma de felicidad y de encontrarse a sí mismo?

A lo mejor también estaba escrito que me acuerde de todos un 19 de julio, de noche, en la víspera del Día del Amigo, y que me sentaría a escribir sobre ellos. Nunca lo sabré con seguridad, pero por las dudas dejo que las palabras viajen.

Julián Scatolaro

Imagen Portada: María Rosa Solé

 

 

 

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