Detrás de la luz: memorias prisioneras | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

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Detrás de la luz: memorias prisioneras

mayo 5, 2016

A mamá.

El día pasa, y cruzo la mirada cansada con cada uno de los rostros. No la encuentro por ninguna parte. No oigo ninguna canción.

Me observan con una sonrisa; algunos no pueden contener la emoción y ahogan en un gesto fugaz un grito de admiración, dejando su boca a medio cerrar. Otras veces veo miedo y se quedan frente a mí, atónitos. Yo también solía temerles, me preocupaba cómo podrían reaccionar ante cualquier movimiento inesperado. No quería, como la primera vez que nos encontramos, que me lastimaran. Creo que su miedo es igual al mío. Temen porque temido es lo que no comprenden por naturaleza, lo que su alma no sabe leer. Aunque hay una diferencia entre nosotros: yo nunca les haría daño. Antes, bastaba con suspender mis suministros de agua y comida para lograr apaciguarme y hacer que cayera debilitado.

Al enseñarme a tenerles pavor no se percataron de que aprendí a serles servicial, a cumplir sus caprichos que no entendía, y gracias a eso pude ganarme su confianza. Me quedaba quieto cuando me gritaban amenazantes, mirando hacia otra dirección mientras sostenían esos artefactos punzantes como grandes espinas, o aquellos otros que hacían arder las heridas en mi cuerpo. Grande fue su sorpresa un día cuando vieron lo manipulable que me había vuelto. Y así fue como los golpes y azotes jamás volvieron a aparecer. Yo también me acostumbré, por momentos, a su trato. Aunque si un día decidieran volver a lastimarme no me resistiría, mucho menos me importaría. Lo poco que me daba interés dejó de vivir en mí. Mi vida fue engullida por la suya, no porque les permití que se la llevaran, más bien sucedió que con el correr del tiempo yo se la cedí. Morir mañana, dentro de un mes, o en este instante, ya no me preocupaba.

Vivo en la porción de tierra que me permitieron llamar hogar, y los que están detrás de las rejas me persiguen, sin perder de vista mis movimientos, como la luna a cada una de las estrellas. El sol baña mi piel oscura. Camino de manera mecánica de una punta a la otra. Me detengo en el centro. No hay barrotes sobre mi cabeza. Las nubes son las únicas que intervienen entre el sol y yo. A veces la luz entibia mi cuerpo y me permite en la escasez del paisaje esclarecer mi mente. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Adónde se fue? Recordarla me hace volver a los días donde los barrotes eran numerosas flores cubiertas de un verde pardo, musgo y corteza. Un millar de aves recorrían los cielos como nubes multicolores. Éramos parte de un todo perfecto. Más que eso: era la verdadera sensación de un hogar. Hasta había seres como ella, pero pintados sobre el lienzo de la noche. No cubrían su piel y nos entendían y formaban parte de nuestro círculo, a pesar de no hablar la misma lengua. Tal vez ella había hallado su lugar, ese lugar donde estamos destinados a ser.

La olvidaría si pudiera. Me dejaría invadir por otros recuerdos y, tal como las cataratas, inundaría mi consciencia dejándola perderse en el agua, donde la salpicadura sobre la tierra traería sensaciones familiares como el recuerdo de un sueño. Si pudiera, pero prisionero es mi cuerpo en este lugar, jaula para gigantes, y mi mente de ella. Debo confesar que me hubiese gustado saber su nombre, descifrarlo dentro de sus ojos, o entender su lengua extraña y preguntárselo.

Daría mis memorias, todas, por su nombre.

A veces mis oídos me traen cantares que no conozco, y observo cómo enormes pájaros atraviesan el cielo al igual que las lanzas grises. Su canto es ensordecedor y tenebroso, jamás van en manada y, contra todo pronóstico, vuelan sin mover sus alas. Los de afuera, al igual que con todo, parecen ignorarlos. Ellos viven una vida fría, sin colores. Se mueven en grandes grupos y no se percatan si se cruzan varias veces. En determinado momento su presencia comienza a mermar. Poco a poco van desapareciendo hasta que sólo quedan un par que, cada tanto, recorren las celdas. Aprovecho ese momento para relajar mi cuerpo. Voy hasta el estanque sólo cuando está por amanecer, allí está mi cama.

No duermo mucho. Los años me volvieron más alerta y a mi edad es imposible liberarse de esos instintos. Cuando consigo cerrar los ojos, lentamente se encienden las luces, y por todas partes se escucha el clamor. Hay un telón gigante. Cerca de mí hay un grupo de seres chillones que portan expresiones desencajadas, y me hacen caminar sobre la arena, y veo sobre los tablones de madera las miradas, las mismas miradas que aquí, pero esta vez acompañadas por un alboroto que me aterra. Y descubro que del otro lado del telón todo es diferente. Detrás de la luz, el dolor y la pena se hacen reales, como un espectáculo paralelo al que nadie asiste ni quiere asistir. Me balanceo de un lado a otro en la oscuridad, y entonces la veo aparecer en un rincón con sus rulos de color atardecer y me mira con grandes ojos, se voltea y le pregunta a su padre porque estoy cubierto de cicatrices. Luego se acerca con desconfianza, pero sé que no quiere lastimarme. Me acaricia, y por un instante siento que puedo confiar en alguien. Y luego me despierto, sobresaltado, de nuevo en la realidad.

No todo es tan terrible. La noche es el momento del día que más me gusta. Los sonidos se agudizan y escucho a la gota de agua desarmar la prolijidad del estanque; a las plantas resguardarse del frío, pero también bañarse en el rocío; a las grandes cuevas apagarse y camuflarse con la noche; a los ruidos ocultarse con el sol… Y luego, todo vuelve a empezar. Entretanto, los recuerdos sin melodía allí siguen.

No me he sentido bien en los últimos días. Casi no pruebo la comida. Me cuesta andar, como si estuviese hecho de piedra. Hace tiempo que las viejas heridas me lo dificultan, pero en estos días respirar se ha vuelto un mecanismo del que tengo que ser consciente en todo momento. El dolor es lo más extraño de todo esto, o mejor dicho su ausencia: un inusitado vacío es el que devora mis energías. Sólo entonces caí en la cuenta de que mi aflicción es del alma. La nostalgia se volvió tan insoportable que me ahoga. Dormir tampoco  me alivia. Cada vez más sueño con los míos, y la calma que antes me transmitían ahora es un mensaje de desaliento, de algo que jamás volveré a experimentar; y la sueño a ella como estandarte de mis tristezas cuando despierto sin querer despertar. Una mañana lo supe: me estaba muriendo de tanto añorar.

El día de hoy varios de ellos entraron a mi celda. Tenían gestos de preocupación y los rodeaba un halo de desconsuelo. Ingresaron luego de que me desplomara cerca del estanque. Los demás, los transeúntes curiosos, comenzaron a apelotonarse y el aire se cargó de un silencio interrumpido por murmullos. Las aves grises no volaron ese día. Sentía un nudo en la garganta, y ganas de salir de allí, de ser libre. Quizás en un descuido dejaron las puertas abiertas. Podría ser mi única oportunidad de huir. Pero no, estaba muy cansando. Además, al fin de cuentas, no tenía ningún lugar al cual regresar.

Dos de ellos se acercaron y sentí unos pequeños pinchazos. El mareo comenzó a ser leve. Mis patas dejaron de responderme. Me acariciaban, y ninguna de las caricias era como la de aquella niña. Tengo grabada en la memoria la electricidad que recorrió mi piel luego de que apoyara la punta de sus dedos. En mis sesenta años, juro que no volví a experimentar una sensación tan fuerte de sentirme en casa, en el lugar y época que mi nacer me dio.

Los sollozos del otro lado de la reja me llamaron la atención. Los últimos días los había ignorado por completo, pero desde el suelo fijé la vista hacia esos seres, tal vez para por última vez tratar de comprenderlos. ¿Por qué nacían cataratas de sus rostros ahora, si antes nunca se habían preocupado? Y en ese momento mi corazón dio un vuelco.

Entre la multitud divisé a una señora de rizos cobrizos, y su cabello me evocó a la pequeña niña. La escruté de nuevo y me encontré con los mismos rasgos en sus ojos y la expresión idéntica que la pequeña me regaló aquella vez. Todos estos años, pensé, sin ver a la artífice que permitió soñarme en mi hogar, y como una brisa cálida se me aparece. Allí estaba, frente a mí. Estiré mi trompa, intentando alcanzarla. Sentí el enorme deseo de acariciarla. Al igual que en mis sueños la luz volvió a atraparme, pero esta vez con un calor diferente. Entonces, justo antes de cerrar mis ojos por última vez, reconocí la canción de mi corazón. Y me sentí lleno de dicha.

Julián Scatolaro

1 comentario en “Detrás de la luz: memorias prisioneras”

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