Detrás de la oscuridad: la niña y el elefante | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

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Detrás de la oscuridad: la niña y el elefante

mayo 21, 2016

“No hay nada de qué preocuparse”, me decía mi papá. Recuerdo que no quería soltarlo por nada del mundo. Estaba tan arrepentida de haberle dicho que sí. ¡Qué ilusa fui! Todo por querer aparentar valentía frente a papá. Sin embargo… ¿cómo decirle que no, si nunca antes había visto un elefante? Sí que los conocía, por supuesto, por fotos, por la televisión; dentro de su mundo natural, lejos de nosotros, lejos. No podían lastimarnos desde la mesa del comedor, o pisarnos desde el otro lado de la ilustración en la biblioteca, junto a las enciclopedias.

Pero en esta oportunidad lo iba a tener cerca de mí. ¡Muy cerca! No, no puedo quedarme…

Papá no me deja ir, me sujeta con más firmeza y me dice que no podemos dejar esperando a su amigo. Mi papá es raro, no todos tiene de amigo a un cirquero. Florencia tiene un papá que es amigo de mucha gente famosa, de las que sale en los canales; el de Camila lleva a toda la familia a los mejores restaurantes de la ciudad; o Mariano, que presencia las carreras de autos en lugares increíbles. De todas formas, si me detengo a pensarlo bien, esas cosas pueden llegar a ser muy aburridas: la gente que sale en los canales habla de cosas confusas, que muchas veces no entiendo; los autos no me gustan; y no soy fanática de las comidas raras. Si lo pienso bien, mi papá tiene al mejor amigo de todos.

Llegamos. Tardamos en encontrar lugares libres; la carpa estaba abarrotada. Toda la ciudad estaba allí. Traté de relajarme y olvidarme de mis miedos distrayéndome con las enormes luces sostenidas sobre las cuatro columnas; la inmensidad de la carpa se notaba mejor una vez adentro. Arriba, a una altura temible, colgaban un par de trapecios dorados. En el centro estaba la arena, no como una playa, según papá, era más bien un escenario para los payasos y malabarista. Había un  gigantesco telón rojo, y por su tono parecía haber estado guardado por mucho tiempo, como las cosas de la abuela.

Todo el lugar estaba lleno de colores; ¡algunos ni los conocía! Y eso que me había vuelto una experta, de tanto colorear los libros de animales que había en casa: al león lo pintaba con tonos dorados y marrones, dejándolo como un rey;  con el loro no tenía preferencia y lo cubría de colores centellantes, como bañado por un arcoíris. Con el oso era más sencillo: un negro o un marrón oscuro era suficiente; eso sí: jamás los mezclaba. Una vez papá me había dicho que no existen los osos manchados, salvo los pandas, que eran muy aburridos para colorear, y que por eso, suponía, jamás aparecían en mis libros. La verdad es que todos son muy fáciles de pintar porque se les nota en sus ojos el color que quieren llevar, como si me susurraran: “¡Hey! Pintame de azul, pintame de verde”, y yo contenta obedecía. Con el elefante, en cambio, no ocurría lo mismo.

Su gris era angustiante y aburrido, y sus ojos no susurraban nada. ¡Qué mal deben sentirse los elefantes por ser elefantes! No se los ve emocionados, no quieren ni buscan ser amigos de nadie, nunca se los ve saltando o jugando, comen hojas secas de árboles feos. Son unos animales grandes y arrugados, de orejas enormes, colmillos y trompa alargada. Ahora me doy cuenta porque no quería venir.

Las luces principales se encendieron y la música me tomó por sorpresa. Una voz nos aturdió por los parlantes mientras nos daba la bienvenida. Despacio el telón se fue apartando. Entonces apareció un hombre bajito, de bigote chistoso, vestido con un traje de lentejuelas rojo; sus botas eran negras y brillosas, y el pequeño moño estaba apretado contra su camisa bordada. Como un caballero saludó a todos haciendo una reverencia, y cada vez que se ponía la galera estaba atento a que los mechones de la cabeza estuvieran en su lugar; para eso, recurría a cada momento a la ayuda de un peine guardado debajo del saco.

No pasó mucho tiempo antes de que los payasos aparecieran. Eran muchos, todos vestidos de mamelucos emparchados, narices multicolores y pelucas desprolijas. Siempre que tenían la oportunidad, le hacían bromas al hombre de la galera. Ni bien se distraía le robaban su peine, desalineaban su moño y escondían su galera por todo el lugar. Al señor no parecía importarle. Los payasos bailaban con instrumentos de fantasía y cabalgaban en persecuciones arriba de sillas; se atacaban de improvisto con sifones, cachiporras de goma y pasteles con mucha, muchísima crema.

Todos nos reíamos. ¡No hay nada mejor que el circo!

Luego aparecieron los malabaristas y los trapecistas. ¿Cómo podían con tanto nervio alrededor no resbalarse desde tan alto, no equivocarse en el lanzamiento de un cuchillo, no caerse de sus caballos? ¡Era admirable! Miré a mi papá y deseé tener esa valentía en el momento de ver al elefante. Pero antes de eso, tendría que sobrevivir al increíble espectáculo del mago. La asistente era una rubia muy bonita, que estaba cubierta de brillos y plumas. El mago estaba todo de negro, y transmitía una seriedad muy fuerte, aunque por momentos me olvidaba de eso cuando hacía reaparecer a su asistente, luego de que ésta se hubiera esfumado, o volverla a unir sin ningún inconveniente después de haber sido rebanada con un serrucho de dientes como de tiburón. En esa parte me tapé los ojos. Para finalizar, ambos se abrazaron envueltos en una capa y… ¡desaparecieron! Sin duda la magia era real, tan real como mi papá, o yo.

De pronto todas las luces se apagaron, y la música también cesó. Guardamos silencio mientras escuchábamos al telón moverse. Entonces distinguí una sombra menos oscura que la oscuridad, enorme y lenta. El sonido de pequeños cascabeles mojó el aire. La voz de los parlantes hizo una pausa y con estrépito anunció la atracción principal.

Me quedé helada. Las columnas de luz recobraron su vida y el elefante se hizo presente ante los espectadores. Fue el aplauso más fuerte que escuché en toda la noche. “¿Lo ves, lo ves?”, creo que me decía mi papá. Yo no estaba pensando en nada. Lo primero que se me cruzó, luego de varios minutos, fue cómo un animal podía ser tan grande y aun así caber dentro de un libro. Arriba de su lomo tenía una tela dorada y roja que le llegaba hasta donde comenzaban sus inmensas patas. Cada vez que la luz los tocaba, los cascabeles titilaban como diminutas estrellas.

El elefante comenzó su recorrido,  jalado por un hombre robusto con un traje bastante ridículo. El interior de la carpa se envolvió en otro aplauso efusivo, con un júbilo y una energía mucho más fuerte que cualquiera de los números anteriores. Al elefante eso le sentaba bien, ya que los aplausos también lo envolvían y lo dejaban más bello y radiante. Todos estábamos admirando a ese ser mágico, casi legendario. La gente comenzó a levantarse de sus asientos. Papá me subió arriba de sus hombros para que pudiera ver. Me olvidé del vértigo cuando el elefante pasó justo por delante.

Abriendo los ojos lo más que pude, recuerdo que quise hacer contacto visual. Él, sin embargo, no veía a nadie. No le noté tristeza ni angustia, para mi sorpresa, sólo un gran vacío. Un vacío que con los años llamé “soledad”. Y entendí que los aplausos no lo hacían sentir bello ni radiante. Era como si cargara una coraza que no permitía que la felicidad atravesara su alma. Su mirada me recordó a las tardes en el parque con mamá, cuando encontrábamos algunas palomas tendidas en el asfalto, inmóviles y frías, y mientras las observaba con detenimiento, mamá me decía que estaban muertas, que las dejara. Yo seguía sin entender muy bien el significado de esa palabra, pero me di cuenta que el elefante tenía los mismos ojos que esas palomas. Los aplausos no lo consolaban para nada. Estaba muerto. Y entonces me lo imaginé adentro de su coraza, solo, y eso me apenó.

El elefante dio la vuelta y desapareció detrás de la música y el clamor del público. La función terminó, y quince minutos después ya no quedaba nadie, sólo papá y yo.

—Ya es hora. —dijo papá con aire de emoción. Yo seguía preocupada.

Atravesamos los lugares ahora desérticos, y entramos a la arena. Me sorprendí al sentirla más pequeña, al igual que las gradas que aparentaban un número muchísimo menor. La iluminación ya no relucía el atractivo de la decoración y el telón se veía mucho más viejo. La magia había abandonado ese lugar.

Caminamos hacia el telón y del otro lado nos recibió el hombre de la galera.

—¿Qué les pareció el espectáculo? —dijo, exigiendo la voz al hablar.

—¡Increíble! —contestó mi papá, luego hizo una seña hacia mí— Estuvo bastante atenta a todo, pero creo que lo que más le fascinó fue lo de recién.

—No me sorprende, no por nada es el número más importante.

El hombre de la galera ya no tenía puesto el saco rojo; el cuello de la camisa estaba ahora abierto; cubiertas de polvo estaban sus botas y, lo que más me llamó la atención, fue la desprolijidad de su bigote.

—Bueno. Lo prometido es deuda —se quitó la galera y con la manga de la camisa se limpió el sudor de la frente. Ya no se preocupaba por los mechones de su cabeza—. Síganme…

Encontramos al elefante en un rincón, atado a una estaca, hamacándose de un lado a otro. Ya no tenía encima la tela, los cascabeles, ni nada que tapara la multitud de cicatrices. La mano de mi papá me sujetaba con fuerza, pero no pude evitar soltarme. El elefante se quedó inmóvil cuando me acerqué. Supuse que estaba aterrado, al igual que yo. Sentí unos nervios increíbles mientras aproximaba mi mano a su piel oscura y cuarteada. Años después entendí lo que había hecho: tuve el impulso de hacerle saber de alguna manera que no estaba solo y que existía alguien, aunque sólo fuera una niña con rizos rojos, que comprendía su dolor y se preocupaba por él. Le regalé un halo de luz para que pudiera salir detrás de esa oscuridad. Para que no volviera a sentirse así, vacío.

Hoy los años pasaron, lentos y fugaces. Felices por momentos, y por momentos no; pero no olvido como ese día me marcó, igual que las cicatrices marcaron su piel. Decidí que jamás volvería a ver sufrir a un animal otra vez, y que dedicaría mi vida a no permitir esas atrocidades. Sin querer, el elefante me mostró el propósito que debía cumplir en esta vida. O tal vez fue lo que él siempre quiso que pasara.

Hace unas semanas, sin embargo, con mi predisposición totalmente contraria, fuimos con mi nieta al zoológico. Por alguna extraña razón me convenció: me había dicho que tenía muchas ganas de conocer al elefante.

Julián Scatolaro.

Diseño portada: Joel Sanchez

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