El hombre que caminaba sobre el lago | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

El hombre que caminaba sobre el lago

septiembre 8, 2016

Verano 2016. Federación, Entre Ríos. Unos amigos de la facultad y yo habíamos ido a pasar el día en el Parque Termal y terminamos caminando por las orillas del camping. Era la primera vez que los pies de mis amigos pisaban esa arena. El sol ya nos daba en la frente cuando un hombre nos saluda al paso, con una sonrisa enorme. Acostumbrado, le devuelvo el saludo. Fede, en cambio, está en estado de shock.

Se da vuelta, buscando confirmar su asombro.

—¿Es el mismo que estaba ayer en Santa Ana?

Yo asiento.

—¿El mismo, en serio?

Vuelvo a asentir. Misteriosamente orgulloso.

Esa fue la manera en que mi amigo conoció a Aníbal «el Manisero» Luna, el hombre que unas horas atrás nos había saludado en Santa Ana. En el otro extremo del lago.

Lo que Fede no sabía es que en Chajarí cada uno tiene su propia historia de cómo lo conoció. La mía, por ejemplo, sucedió una vez que entró donde se guardaba mi memoria y descaradamente se coló en la misma carpeta donde dice que mis viejos son mis viejos. Por eso al Manisero ya lo conocía desde antes de nacer. También sé por charlas debajo de un techo lluvioso que Aníbal ha estado en más de un lugar al mismo tiempo: se lo ha visto en un remate en la ciudad correntina de Mercedes, mientras que, a la misma hora, se encontraba vendiendo garrapiñadas a los asambleístas en el corte de la Ruta 14. Al cruzármelo por la calle dudaba si era realmente él o algún extraño espejismo de hechicería, una embrujada sombra parida entre azúcar quemada y cáscaras de maní.

Fede tampoco sabía que el Manisero llevaba una maldición a cuestas. Dios lo había condenado a la eterna sonrisa. En Chajarí lo he visto miles de veces —aunque fuera oriundo de Concordia— y jamás conocí sus otras caras, las máscaras que nos delatan la humanidad. Pienso que a lo mejor Dios no lo castigó, sino que olvidó explicarle las reglas del juego.

El 20 de julio, mi ciudad lo eligió como su mejor amigo y Aníbal reaccionó como si siempre lo hubiese sabido. Yo creo que en algún momento nos embrujó vía ingesta de maní y por eso nos tenía bajo sus pies. Pero a nadie parecía importarle.

Me acuerdo cuando en una ocasión casi lo levanto en la ruta, y ahora estoy añorando las reflexiones que jamás ocurrirán, que quedarán guardadas entre nosotros dos, mudas para siempre.

Para colmo, me indigna leer los diarios. Andan por ahí, mintiendo. Dicen que el hombre más feliz de la Tierra es francés y vive en un monasterio de Nepal. Pero sé que nos quieren tomar por tontos. El hombre más feliz de la Tierra usaba una gorra roja y cada tanto, cuando nadie lo veía, cruzaba el lago a pie.

Julián Scatolaro

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