El Juego de los Encuentros | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

El Juego de los Encuentros

mayo 2, 2016

El colectivo de la línea 128 frena estrepitosamente. Mareados, los pasajeros se quejan y bajan los altos escalones hacia la calle. A unos metros de la parada un grupo de peatones espera ansioso a que el semáforo los libere de las cadenas de la impaciencia. Miro otra vez a mi alrededor. Algo me dice que hoy será un día especial para jugar.

Al fin y al cabo tengo tiempo de sobra. Había salido de la oficina más temprano de lo normal, por lo que me tomé el subte hasta Palermo. Quería aprovechar todo lo posible las horas tumultuosas de Buenos Aires. Al salir del subte, la Plaza Italia nace a la vista de la boca subterránea que constantemente engulle y vomita gentío. Estoy sentado en el mismo banco que vengo repitiendo desde hace unos meses: lo descubrí una tarde, por accidente, luego de que una pareja me ocupara el anterior —uno que mira hacia la Sociedad Rural—. Ni bien me percaté de las ventajas en cuanto a localización estratégica y amplitud de visión, jamás volví a pensar en cambiarme.

Es de día, pero no veo el sol. Las nubes lo esconden, celosas, del resto del mundo. Una mujer insulta a un vendedor de café que en vano intenta cambiar la trayectoria de su carrito; un hombre trajeado pasa frente a mí haciendo malabares con las bolsas de supermercado y la llamada de su celular. «A veces Buenos Aires está inquieta», solía decir Anahí, «como una mujer que espera la invitación para que la saquen a bailar». La frase estuvo revoloteándome sobre los párpados desde la mañana mientras observaba cómo los edificios se fundían con la neblina. De la misma manera, la hora pico va acaparando la ciudad, se la siente en el aire cargado de bullicio y humo. Miro pasar a los niños que vuelven de la escuela, a unas señoras de abrigos extravagantes comentando sobre alguna fiesta de gala, a los obreros del edificio de la esquina, cubiertos de polvo y andando en bicicleta; en el bar de enfrente una muchacha de pelo corto y jean se sienta mirando hacia la plaza y le indica al mozo que quiere un cortado. Apoyo mi pequeña libreta sobre mis piernas heladas y comienzo con el Juego de los Encuentros.

Una vez Anahí me contó lo que había soñado. Ella siempre recordaba sus sueños de principio a fin, y nos ofrecía a nosotros, los pobres despiertos, los pésimos soñadores, los vestigios de esos mundos. Eran películas en blanco y negro, a veces aromas, destellos de colores. Algunas veces sus sueños narraban una historia con final trágico o quedaban a libre interpretación de los oyentes.

Pero ese día Anahí me contó el sueño sólo a mí. Esa mañana se había despertado envuelta con una sonrisa, como una niña que acababa de regresar de algún continente exótico. Me habló sobre una pareja en una ciudad gris repleta de gente. Luego me recitó maravillada las reglas sobre un juego tal como las había escuchado —o visto, o sentido— de aquellos protagonistas. Mientras la oía, yo seguía con mi propio juego. El juego que minutos atrás había inventado, el de recorrer con mis dedos la curvatura de su pelo que nadaba sobre las sábanas.

El Juego de los Encuentros consistía en ir a algún lugar concurrido y ubicar entre la multitud a aquellas personas detenidas, que algo esperan, que observan expectantes el carnaval urbano que se aproxima y regresa por la calle. Una vez localizados estos individuos, venía la parte más importante: intentar adivinar cuál de todos los transeúntes se dirige al encuentro del primero.

El juego no es tan fácil, aunque confieso que al principio creí lo contrario. En ese entonces no quería desilusionar a Anahí, pero me parecía ridícula la sola idea de creerse Dios o brujo y unir a dos desconocidos en una vida. Y es que se debían analizar infinitos factores: el hipotético lazo que unía a los sujetos, su forma de vestir y caminar, sus rasgos físicos  —en el caso de ser hermanos o hijos esperando a sus madres—. Las expresiones de cada uno, por ejemplo de alegría o seriedad; el posible motivo de ese encuentro si es que era premeditado o fortuito…

Sin embargo, lo mejor de aquel extraño ritual era cuando se conseguía acertar, y allí uno se volvía testigo de un milagro. Dos partes de un fondo transformándose por un instante tan diminuto, tan breve que muere antes de nacer, en el elemento principal de la obra de arte. Exactamente lo que Anahí vio en el sueño.

Las primeras veces la acompañé en su aventura. Al principio recorríamos la ciudad los fines de semana, pero luego insistió con el resto de los días. Como me parecía una pérdida valiosa de tiempo me llevaba algunas pinturas y un pequeño atril que mi hermano Mario me había regalado para mi cumpleaños. Pero entre la oficina y el ajetreado cambio de lugares tuve que conformarme con una libreta y una lapicera sin dueño.

Cuando por fin decidí convencerla para que dejara todo ese disparate coincidió con el día en que Anahí acertó por primera vez. Recuerdo que dejó caer su café y casi arroja el mío debido a la emoción. Fue en Caminito, con un hombre mayor que se había encontrado con un nieto o un sobrino. Al ver la expresión de Anahí —la misma que deben de tener todos los que ven sus sueños convertidos en algo tangible— lo supe. Supe que si no la dibujaba estaría cometiendo el más atroz de los crímenes.

Jamás volví a ver una luz semejante en los ojos de nadie, y luego de que Anahí muriera me olvidé por un tiempo del Juego de los Encuentros. Me fui olvidando del fuego de la misma manera que ella de los sueños. Para ese entonces ya habíamos dejado los paseos y los intentos para que vanamente volviera a ser ella.

Mi único consuelo es ir a la última hoja de la libreta e intentar verla como antes. A veces me pregunto qué busco al continuar sus disparates luego de estos meses; qué busco al buscarla a través del juego que inventó y de mi memoria que de a poco la va ahogando. De lo único de lo que no puedo librarme es de la vergüenza por mi patético egoísmo cada vez que tomo el dibujo y viajo a ese día, a Caminito, con ella hecha tinta, encerrada en su jaula de papel.

De pronto una voz me libera de mis pensamientos:

—Es un dibujo hermoso…

Alzo la vista y me encuentro con la mujer de pelo corto. No sé cómo, pero la libreta está abierta, y el rostro de Anahí me observa sobre mi regazo.

Me quedo callado. Tal vez por la sorpresa, tal vez por la curiosidad.

—Perdón si te interrumpí —continúa—. Siempre te veo por acá… Trabajo en aquel edificio, ¿ves?, y suelo venir al bar de enfrente. Un día te vi sentado toda la tarde, y luego te vi al otro día, y al siguiente… no sé, me llamó mucho la atención.

Entonces el sol escapa de las nubes y por un instante rodea a la mujer con un halo blanquecino. Uso la libreta para cubrirme de la luz y aprovecho para examinarla detenidamente: parece nerviosa, y sus ojos pardos se confunden con las hojas sobre nuestras cabezas. El tono de su voz, en cambio, le da alivio a las palabras. A lo último me percaté que traía dos vasitos de café humeantes consigo.

—Me llamo Ana —agrega, tímida.

No puedo evitar sonreír y ella, ante la incertidumbre de la situación, también se contagia.

Continúo sin decir nada. Acabo de descubrir que en este mundo de encuentros cada uno juega su propio juego.

 

Julián Scatolaro

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