El traje | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

El traje

Febrero 18, 2017

El tío Ramón, sentado detrás del mostrador, no se inmutó ante las palabras del cliente.

—Vengo por el traje de Antonio Morales.

—¿Cuál de todos? —le preguntó, mientras acomodaba las cajas de los jabones de pan.

—El azul.

Cuando oí la respuesta, levanté la vista de la secadora y del vapor que desprendía el pantalón de lino. Mi tío se dio vuelta y me miró con los ojos que yo ya conocía. Dejé el pantalón a un costado y salí por la puerta del depósito. La tintorería se conectaba a través del patio con la casa. Llegué hasta la huerta y silbé tres notas cortas. La tía Hilda se encontraba de rodillas quitándole tomates a la tierra. Al oírme, se paró y se llevó dos dedos a la boca: el sonido, bien largo ahora, entró por los pasillos y voló en dirección a la cocina. El tío Tato debía estar con las ollas, lavando la ropa de la señora Puig.

 

Toda historia tiene un inicio. El nuestro es don Morales. Sus padres habían llegado en el mismo barco que mis abuelos y los de Silvia. Ni bien pisaron la tierra libre, los buenos cultivos le dieron la bienvenida a aquella familia que apenas sabía escribir su apellido. De la pequeña parcela que repartía el presidente Avellaneda, los Morales pasaron a tener campos sin fin, cuyos cercos parecían alejarse casi a su antojo. Su producción de tabaco, de aceite y de maní fueron tan abundantes que tuvieron plata para prestar. Los pocos vecinos en ese entonces creían que la paciencia y la compasión de Eusebio Morales se habían sembrado también en los hijos. Pero al enfermarse, el mayor de los tres se hizo cargo de todo. Antonio era generoso, pero hería con la misma mano que dejaba de ofrecer.

Comenzó a cobrar deudas que su padre forzaba a olvidar. Silvia me contó que su abuelo fue la primera víctima; que él apenas había sobrevivido al viaje desde Véneto y que necesitaba más tiempo para vender el trigo que acababa de aferrarse a la tierra. Tiempo que Antonio Morales nunca le dio. Días después el pueblo contempló en el atardecer las llamas de la plantación. «Como si el sol la hubiese tocado cuando se iba por el horizonte», me dijo. Entonces la noticia se propagó como el humo. La noticia de aquel hombre que a esas alturas empezaba a despegarse sobre el resto de su familia. A verlo todo desde arriba.

 

Regresé a la tintorería, negando con la cabeza. Miré al cliente y luego a mi tío. Nuestros ojos eran como un canal silencioso donde le comuniqué el «sí» que necesitaba. «Pase por acá», le indiqué al cliente. Era escueto, y arrastraba lentas sus alpargatas. Ramón se limpió las manos con un pañuelo y nos siguió.

 

Para poner la tintorería, Américo, mi abuelo, también tuvo que recurrir a la billetera de Morales. No le quedó otra: fueron épocas de la sed de la tierra y de las langostas. A Antonio le fascinó la idea de tener un lugar adonde poder llevar sus trajes nuevos que venían de Buenos Aires o que bajaban de algún barco europeo. Mi abuelo no necesitó mucho para descubrir que Morales era de las personas que dejaban morir su paciencia temprano. No pasó mucho para que el servicio gratuito de lavado y planchado dejara de interesarle. Y tuvo otros planes.

 

Los tres nos encontrábamos en el depósito.

—No lo encuentro, señor —mentí, y le señalé las perchas—. ¿Usted lo ve?

—Al traje no lo conozco —confesó, pausado—. A mí me mandó a buscarlo nomás.

De todas formas me hice a un lado y le indiqué el recorrido. El cliente inclinó la cabeza en la oscuridad, y pareció como si una bestia negra se lo estuviera devorando. Mi tío lo animó en la búsqueda, dándole unos golpecitos en la espalda.

Decenas de prendas colgaban a los lados. Parecían muertos meciéndose por el aire que cruzaba la puerta. Noté que el hombre caminaba procurando no rozar ninguna de ellas. Cada tanto se detenía y miraba por un momento aquellos fantasmas elegantes. De pronto se topó con el final del pasillo. Las páginas del diario del sábado crujían con cada uno de sus pasos. La luz de la tarde se ausentaba por la falta de ventanas, y el foco, como siempre, había sido retirado. Entonces oyó algo entre las camisas embolsadas. Apenas un sonido confundiéndose con las hojas en el suelo. El hombre miró hacia la madriguera del ruido.

Entonces una sombra lo arremetió.

El golpe en la cabeza fue certero. Vimos en un segundo al cuerpo flacucho desplomarse entre nosotros. Moví presuroso los zócalos del costado mientras el tío Tato emergía de la vegetación de tela y plástico, con la barra de hierro aún en la mano. Extraje las bolsas de arpillera del almacén donde comprábamos el maíz para las gallinas, se las alcancé a Ramón y regresé al frente. No había entrado nadie. De todas formas, cerré la puerta del depósito. Del trabajo más pesado se encargarían ellos.

 

Era normal ver a sus deudores pagándole con favores. Cosechaban su quinta durante días enteros, le prestaban —algunos incluso le daban en donación— el campo propio en época de pastaje, o le hacían de mandadero. Esos eran algunos de los perdones favoritos de Morales.

Nosotros, en cambio, teníamos un perdón especial. Si algún día alguien aparecía buscando el traje azul —Antonio no usaba ese color porque, se rumoreaba, lo hacía lucir más gordo—, la familia debía encargarse. No importaba la edad o el género. Confieso que don Morales era inteligente: nadie, ni el más vivo, esperaría encontrarse en aquel traje con la secreta muerte.

 

Me senté en el taburete de la tintorería. Estando allí fue donde el espejo de la pared me miró con mis ojos, y le bastó apenas un instante para inyectarme un agudo espanto en el cuerpo. Busqué a mi alrededor y me topé con el pañuelo de mi tío Ramón. Las gotas de sangre aferradas en mi frente y en uno de mis cachetes se mudaron a la tela sucia.

Menos mal. Cinco minutos después entraría Silvia.

 

Mi familia jamás me lo ocultó muy bien. Ya de gurisito los espiaba desde la ventana, en la plena noche, donde los veía subir bultos a la camioneta. «Es ropa que no podemos devolver porque se arruinó», me dijeron una vez. En esas noches, mis tíos tomaban el camino de ripio hacia el río Chajá —papá nunca iba con ellos—, y regresaban con la camioneta vacía.

Cuando cumplí quince, tomaron valor y me lo contaron todo. Recuerdo una sensación extraña en la panza, pero a la vez sentía la respuesta en el fondo de mí. También cargaba con los mismos cuerpos. Con el tiempo los comprendí: si esto permitía que la tintorería siguiera andando y que don Morales no nos viera como sus enemigos, ¿quién soy yo para juzgar a mi familia? Sin que me preguntaran, acepté ayudarlos a esconder aún más a la muerte, a vestirla cada vez mejor. Morales había prometido que los clientes sólo serían de zonas aledañas, cosecheros de citrus que ninguna voz reclamaría por la radio. Y le creímos. Cuando aparecían, sabíamos que eran buscavidas caídos del tren, soñadores de la remota posibilidad de llegar a ser alguien en este pueblo.

Una tarde don Morales pasó con su auto nuevo cuando Silvia y yo mateábamos en la vereda. El polvo que escupían las ruedas nos obligó a cubrirnos la cara. Sin embargo, pude ver cómo sus ojos negros se aferraron al cuerpo de Silvia en todo el trayecto. Entonces sentí por primera vez el vertiginoso pinchazo de los celos, y me sorprendí anhelando ser como Morales: elegante, rico, el centro de todo nuestro mundo. Pero sólo para ella.

 

«¿Estás listo?». La voz de Silvia ocupó el silencio de la tintorería. Aquella tarde había baile en la plaza San Telmo, y acordamos ir temprano para ver las bandas de chamamé que venían de Corrientes. La saludé y encaré para la salida. Entonces me tomó del brazo.

 

Silvia vivía a la vuelta de casa, y nuestros papás habían sido amigos hasta que el mío se fue del pueblo. Él fue el único de la familia que no aceptó tranzar con Morales —muchas veces oí que lo mencionaba como «la yarará». Temía que Ramón y Tato le hicieran algo, que pensaran que algún día papá podía delatarnos. Creo que él sintió lo mismo y por eso se fue.

La soledad, al menos, me permitió estar un poco más cerca de Silvia. Su madre, enterada de mi situación, me regalaba ropa o, cada vez que podía, me invitaba a comer el puchero de los domingos.

Sin mi abuelo, mis tíos se afianzaron en la tintorería, mientras la tía Hilda me hacía de mamá. La mía, por su parte, estaba en el sur cosechando manzanas y duraznos. A lo mejor papá estaba cerca de ella. Por suerte el trabajo y los pesares huían de mi cabeza gracias a Silvia; cuando la veía a mi lado en cada recreo, en cada tribuna, en cada árbol de Navidad, en cada banco de la capilla. A menudo ella iba a la casa de don Morales con su sonrisa y su encanto y conseguía changuitas para comprarse algún vestido. Luego lo llevaba a la tintorería donde yo se lo dejaba mejor que antes, perfumado con aromas exclusivos para la mujer de Antonio. Mientras el aire se cubría de perfumes, mi mundo secreto se iba cubriendo de ella.

 

Me seguía sujetando. A través del espejo, no le quitaba la vista a la puerta del depósito. Ramón y Tato aún no habían regresado.

—Antes de ir tengo que hacer un mandado —me dijo.

—Bueno, ¿adónde…?

—No, el mandado es acá —me interrumpió.

Las comisuras de sus labios se alargaron.

«Me acabo de cruzar con Morales. Me pidió que le retirara un traje». Mientras me hablaba, mientras sus palabras me llegaban y se iban perdiendo en un mar de bruma, me pareció vislumbrar, a lo lejos y dentro de mí, una figura oculta poniéndose de gala.

Julián Scatolaro

Imagen: Steve Spazuk

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