Enarbolo | Máquina de Hacer Historias

Enarbolo

junio 27, 2018

«La muerte es una casa con las habitaciones vacías», me dijo el abuelo unos días antes de tener el accidente. Yo estaba de espaldas, y la pelota había rebotado contra el muro, el cual a esa hora se transformaba en el arco del Monumental. No me acuerdo en dónde estaba él, pero seguramente debajo de la galería. Sentado a la misma hora, en el mismo lugar. No leía diarios o revistas. Libros. Siempre libros. No recuerdo cuáles porque eso era «literatura» y no sabía lo que significaba.

El abuelo era alguien que andaba enjaulado en las páginas, que se sacaba los mocos cuando creía que nadie lo estaba viendo, y no le salían raíces porque se levantaba a cambiar la yerba del mate cada tanto, o se acercaba a charlar con mamá, o los tíos, cuando venían a comer. Cosas del abuelo.

Mamá me decía que nos parecíamos con el abuelo porque tampoco hablaba mucho. Pero había algo más. Cuando venía a casa —antes había sido de él, según mamá—, ella le insistía en hacerle compañía hasta que le bajara la comida y volviera caminando al Hogar de Ancianos. Pero el abuelo la echaba a los gritos. Que hiciera su vida, que él ya estaba grandecito para que le anduvieran atrás, que se las arreglaba con un libro y una silla, que justo a esa hora la luz era perfecta porque le daba sobre las páginas. Entonces terminábamos siendo dos las personas que no dormían la siesta. El abuelo por abuelo, y yo por inquieto. El patio nos hallaba a ambos sin planearlo, y la pelota se ponía a rodar y las hojas se ponían a desfilar por sus ojos verdes. No usaba lentes, me confesó una vez, porque le quedaban feos.

En una de esas tardes fue que, harto del aburrimiento, no aguanté y mencioné al aire que el barrio parecía muerto. Sabía por comentarios de sobremesa que le gustaba que hubiera silencio cuando leía, por eso le dije que el barrio parecía muerto. Los muertos no hacen ruido. Salvo que estemos en una película de zombis o en una casa embrujada. Y me contestó eso. Lo de las habitaciones vacías. Y se cebó un mate. Cosas del abuelo.

El accidente fue un martes. Cuando volví de la escuela, mamá me contó que el abuelo se había caído en el pasillo, cerca de la puerta prohibida, y que se había golpeado tan fuerte la cabeza que se le habían desparramado las palabras. Quise preguntar, pero el accidentado irrumpió en la cocina con un turbante hecho de vendas, como un sultán de bajo presupuesto. «¡Robertino!», exclamó al verme, con una alegría desconocida. Me reí. Pensé que era un chiste, porque yo no me llamo así.

No tardé en reconocer que el accidente fue lo mejor que me podría haber pasado. El abuelo se quedó en casa todos los días. Dormía en el sillón y seguía leyendo, pero ya no como antes. Parecía que el golpe le había aflojado la lengua y los labios porque estaba más charlatán que nunca. El problema, eso sí, era el entrevero de palabras. «Estoy acantilado por tu madre, Robertino. Mirala», me confesó, con los ojos verdes llenos de ternura, mientras mamá se iba al lavadero y me dejaba a mí como enfermero. ¿Acantilado? Jamás había escuchado esa palabra.

Lejos de todo pronóstico, el abuelo se había convertido en un juego de adivinanzas con manos y pies. Un juego en el que yo, haciendo de Robertino, tenía que andarle atrás, aprendiendo los segundos nombres de las palabras. Era mil veces más divertido que pelotear en el patio solo. Con él descubrí que la caramañola era otra forma de decirle al cucurucho; que a la visigodo había que sacarla al sol porque sino se marchitaba; que el pan de la tía quedaba más rico si se lo untaba con melodramón; y que papá solía llegar amurado después de trabajar y que por eso no tenía ganas de conversar con el abuelo.

Cada tanto miraba el techo y hablaba con la abuela. Susurraba casi siempre lo mismo: «Marta, te enarbolo mucho», y a continuación le brotaban monigotes de los ojos que en instantes secaría con los retazos del turbante. Cosas del abuelo.

Yo sabía sin embargo que mamá quería terminar con nuestro juego. Y por temor a que tuviera alguna solución que le arreglarla la cazuela, alguna maraña que recuperara al viejo amurado que tomaba mate solo, decidí ir en busca de las palabras que se le habían caído. Fui al pasillo donde había ocurrido el accidente, ahora como un bucanero. Yo las quería para esconderlas y así jugar con el abuelo para siempre. Frente al pasillo estaba la puerta prohibida. La puerta (o, como le decía el abuelo, la polenta) me era inaccesible desde que tengo marmota. Jamás me habían dejado entrar porque era un lugar para los grandes. Al final no encontré ninguna palabra, pero me despreocupé porque sabía que mamá tampoco, de lo contrario el abuelo ya no sería una adivinanza.

Un día llegué de fútbol y no lo encontré. No estaba rumiando en el sillón; tampoco estaba en el patio, ni en la lavanda. Menos en la alacena o el diáfano, donde solía esperar las cartas de sus amigos. Se habrá ratonado, pensé. Entonces no me quedó otra que ir a la puerta prohibida. Tomé el picaflor y lo moví lentamente con mis dátiles. Pero justo antes de empujarla, oí el auto entramando al garaje. La puerta se abrió de golpe, la de abajo, y las pisadas de los candelabros de mamá fueron en ascenso. No quería que se enmoscara, así que le dije: «Estoy buscando al abuelo», cuando emergió por las escaleras. Pero ella no me hizo caso. Caminó veloz hasta mí y se puso de rodillo. Recién ahí me di cuenta de los monigotes y los mocasines en su cara. Entonces me agrió con los brazos. Jamás la había visto así. Todavía hoy no encuentro palabras, mías ni del abuelo, para explicar la catarata que me empapó la espalda.

***

Fue un viernes. Y los días comenzaron a caerse, lentos, uno detrás de otro. El sillón, ya sin las sábanas y la almohada, recuperó su cargo anterior. Aquellos días se saborearon más amargos que sus mates. Y entonces entendí que por primera vez en mi vida lo estaba extrañando. A él, a los segundos nombres, a su turbante, a nuestro juego, a sus ojos verdes, a su silencio. Una mañana sin escuela recordé su frase, y el cuerpo se me llenó de miedo. Tuve pánico de que la muerte descubriera la casa vacía y quisiera colarse.

Comencé a recorrer las habitaciones, subiendo y bajando las escaleras como un loco, entrando y encendiendo y apagando todas las luces. En cada rincón expandía mi cuerpo tanto como podía, como si pudiera acaparar todo el espacio, y pisaba fuerte para que la casa sonara viva. Pero por dentro sabía que me estaba engañando. A mi recorrido le faltaba un lugar. No me había acercado allí desde la partida del abuelo. Pero debía hacerlo, para mi infortunio, si quería ahuyentar al invitado no deseado.

Mis dedos se deslizaron sobre el picaporte como la última vez. Tal vez la muerte ya se había avivado y, relamiéndose, me estaba acechando. Abrí despacio, rogando no encontrarme con un velo negro, o garras. Pero para mi sorpresa, lo que se interpuso ante mí no fue un asesino oculto sino un estante y una pequeña ventana, imposible de ver desde afuera por culpa del pino.

La pieza me era tan ajena que incluso dudé de estar en mi casa. Me acerqué al armazón de madera y tomé un libro. Uno de los miles. «Nos engañó a todos», pensé. Nos mintió, y deduje que todo este tiempo había sido así. El abuelo no había perdido las palabras. El tramposo las tenía acá.

 

 

Julián Scatolaro

Imagen: Dashu83

1 comentario en “Enarbolo”

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