Hijos de Perfectalia | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Hijos de Perfectalia

julio 9, 2016

Se cree que hace doscientos años existió la ciudad de los perfectos. Decían que estaba coronada por un puerto en donde las personas se sentaban a mirar cómo las riquezas llegaban y se iban. Todos sus habitantes hacían maravillas, de las que se les ocurra: eran perfectos en todo. O les faltó poquito.

Resulta que esta ciudad inigualable respondía a un rey bastante igualable, lejano, un rey que no podía ser rey si no era capaz de identificarse con aquella perfección que le brotaba de los poros y la respiración a sus súbditos. Las peleas comenzaron a aparecer, y aunque no lo crean —los habitantes, en cambio, sí lo creían— la ciudad de los pequeños venció.

Ahora eran libres de ser, ahora podían hacer lo que se les diera la gana. Y qué mejor forma que relacionándose con reyes que sí valieran la pena. Monarcas también imperfectos, sí, pero bastante buenos en hacer productos de oro y de telas que el flamante ciudadano aún no se daba maña de elaborar.

No era culpa de ellos. Sólo se habían entretenido perfeccionando su esplendor.

La pequeña ciudad empezó a quedarles chica, y no iban a dejar sus sueños de grandeza por simples cuestiones demográficas, por eso nadie se opuso a quedarse con los territorios lindantes que no sirvieron antes ni servirían después. Ya que estaban, también sacaron a patadas a los mediocres que vagaban adentro. Lo único que se les daba bien a esos revoltosos era decir y repetir que las tierras que pisaban y usaban les habían pertenecido a los abuelos de sus abuelos.

Unas décadas más tarde, se toparon con un problema inesperado. Lamentablemente, los mismos barcos que traían riquezas empezaron a traer promesas, trajeron voces, almas ajenas. Las calles se llenaron de inconveniente, de pasos, de manos. Los perfectalienses le dieron un nombre al inconveniente, pero no un rostro.

Les decían los Infames: todo aquel que se atrevía a ostentar el título de ciudadano excelente, perfecto como cualquier hijo de esas tierras, pero que en realidad no lo era. Como los perfectalienses no se habían preocupado en el momento, la ciudad se hizo laberíntica, y se les complicó echar a todos los Infames. Y para colmo los malditos se escondían bien, eran expertos en el engaño. Pero no perfectos. Aprovechaban las dimensiones de la nueva capital para mimetizarse con el resto de la inocente población. Usaban artilugios como la mentira y se disfrazaban de propaganda para mezclarse. Y ya no se pudo diferenciar al mentiroso de ley con el honesto de vida. «¿Quién es un verdadero perfectaliense?», se preguntaban en los bares y se pensaba en los caminos. Los Infames llegaron a ser tan engañadores que incluso ellos mismos dejaron de reconocerse, casándose con gente de la ciudad y conviviendo en el lento y poderoso avance de la civilización perfecta.

¿No saben de qué lugar les hablo? A lo mejor lo habrán escuchado: Perfectalia, la llamaban. «Argentina», le dicen. Un país-perfección envidiable, modelo para todas las naciones, con hombres y mujeres y animales y plantas tan perfectos que todos se recuerdan entre sí. Porque la perfección camina de la mano con la memoria. «Persona olvidada. Persona imperfecta», era el antiguo lema. Por eso todo el mundo recuerda a los fundadores de Perfectalia.

Los Infames continuaron como un país dentro de otro. Los gobernantes, dicen, decidieron que la tradición sería la solución. Si no podían expulsarlos del país, al menos se los echaría de la cultura. Al fin y al cabo, los Infames no eran de los suyos. Tal vez ahí está la explicación del por qué al argentino le chupa un huevo lo que opinan en el exterior. Los malos argentinos, los que no nos representan, son Vende Patria, Infames. Y nos olvidamos.

Los argentinos llevan en su memoria la seguridad de que no fueron ellos quienes salieron a festejar una guerra contra el país textil —que se había adueñado del mundo—, que ellos no fueron los que no aceptaron perder dos pedazos de tierra del sur, inútiles para un argentino, pero irrenunciables para el orgullo. Son también de raza infame los que, según ellos, votaron a un hombre nefasto para dirigir a su Estado, y que luego no soportaron las dudas y los precios que crecían, hundiendo el bolsillo hacia lo más hondo de la tierra. Menos mal que estaban los que debían estar para exigir lo obvio: la salida a la crisis de una forma rápida, segura y barata para ellos. Los intelectuales llegaron a la conclusión de que las raíces infame provenían del país del Norte, con vetas del país ario y asesino.

Menos mal que está la Memoria, tomándose el trabajo de recordar a quien se lo merece. Eso dice la leyenda.

Nadie vio nunca los vestigios de Perfectalia —y dudo que la encuentren— pero sí creo que quedaron sus ruinas en nuestra piel. Son los cimientos en los que nosotros pisamos cada día, y que nos hacen imaginar algo que no fuimos. Por eso le echamos la culpa a un solo ser por nuestros males diarios y generales. Cuando perdemos una competición contra los otros países, cuando las cosas se desvían del plan, cuando desaprobamos un parcial. Repudiamos errores de cálculos, penales mal cobrados, una valija con dinero, una cuenta en el exterior, un tren averiado, como si nada tuviera que ver con nosotros. Culpamos incluso a la mujer que se llevó de la mano a nuestro mejor jugador, el más perfecto de los nuestros, y a la vez tan imperfecto. De la mano, igual que la Perfección y la Memoria. Condenamos sin dudar el genocidio de Roca, pero nos olvidamos el de Rosas. Estamos haciendo lo mismo que las personas de aquella ciudad-puerto hace doscientos años: olvidamos, y negamos nuestra imperfección.

De ellos es la genética cuando nos quejamos de que nadie hace nada con la delincuencia, pero tampoco nadie está dispuesto a llenar panzas vacías. ¿Nos estaremos comportando igual que nuestros antepasados cuando tocamos bocina al conductor de adelante —un boludo, un puto, un Infame—? ¿Y cuándo nos quejamos del estado de las infraestructuras, pero nos importa un carajo la basura que tiramos al mar? ¿Y cuándo alabamos a personas que hacen picos de rating con programas desabridos?

Los Infames, entonces, ¿serán ellos? ¿Seremos todos?

Me pregunto qué quedará cuando descubran que un puñado de personas no alcanza para hacer una revolución en un día lluvioso de mayo, no alcanza para ganar un partido, no alcanza para cambiar un país. Adentro nuestro está escrita una bitácora, y nos recuerda todo el tiempo que somos ávidos, bellos, vivos, maravillosos, lo más grande que hay. Indignados reclamamos el reflejo de una figura que jamás proyectó una sombra. Y mientras lo hacemos, dejamos a los ilusionistas hacer magia.

¡Ojo! Puedo estar equivocado. Y sí así fuera, les doy permiso de tratarme como un boludo, un Infame. «Humano», le dicen también.

Julián Scatolaro

Imagen: Ilse Firbas

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