La estrella que arrancaron del cielo | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

La estrella que arrancaron del cielo

mayo 22, 2016

¿Sabes por qué se caen las estrellas? Es culpa de Dios. Es Dios, que las pega mal. Él pega las estrellas con agua de arroz.

El cielo y el infierno – Eduardo Galeano

 

—Se nos acabó la paciencia —exclamó el Mono, aumentando de a poco el volumen—. Así que decinos de una vez, y sin mentiras: ¿Qué es lo que nos escondés, pendejo?

El pendejo resonó por mi cabeza como una estampida de miedo. Su voz grave que cada tanto recuperaba aquel timbre de niño, bailaba sobre las chapas sucias y los tablones descascarados de doña Palmira. Las hojas acompañaron la palabra hasta la parte más alta del árbol y las raíces reverberaron en la soledad. Observé petrificado al Mono y a sus cómplices. Ni bien el eco se terminó de desparramar por las grietas del suelo para acabar muriendo, miré a Isaac, tan espantado como yo. Entonces mi mente halló una pizca de lucidez. Y me pregunté de una vez, sin mentiras: «¿Cómo terminamos metidos en esto?»

 

Como a cualquier chico, a mí me gustaba andar por la calle. El barrio era una jungla inexplorada de autos cubiertos de tierra que escupían humo, de sillones plegables en la vereda, de mates de alpaca adormecidos en los brazos, de gatos merodeando por las casas, andando tan cerca que a uno le parecía ser capaz de tocarlos. Vivía a pasos de la avenida principal, y aunque ahora es un escándalo en la hora pico, en aquella época era un murmullo de paz que cortaba la monotonía del viento entre los árboles de la rambla, en el horario en que todos dormían y nadie molestaba a nadie. ¡Ni hablar del verano! A la siesta la calle solía esperarnos. El sol, guardián implacable del día, atravesaba las pocas nubes rezagadas y el fuego caía sobre el escaso asfalto que había en Chajarí. En aquellos días éramos los reyes.

Si el calor y la avenida no bastaba, a unas cuadras nos encontrábamos con San Martín. Montado en su caballo despintado, custodiaba la plaza por todos. Por su posición privilegiada —o más por su cuello atornillado—, el prócer tenía la irremediable obligación de vigilar la parroquia, del otro lado de la calle. Al lado de ella estaba la escuela. La parroquia guardaba su inmenso misterio, su propia vida. Isaac, mi amigo, me decía que una vez que los viejos se volvían viejos, en vez de salir a la calle, salen a la parroquia. No se perdían ni un solo domingo de misa. Algunos ya más fanáticos parecían que jamás se iban a su casa.

Pensándolo mejor, la parroquia no era en sí la gran cosa. Pero si se la comparaba con el resto de los edificios, ciertamente era uno de los más grandes. Si no fuera por la torre con la campana y la cruz de madera en la punta, podría haber pasado como una casa extraña, de ventanas alargadas y con una puerta enorme. Sin embargo, adentro la recorrían cuatro hileras de larguísimos bancos, suficientes como para que pudieran ocuparlos las vecinas, los jóvenes aburridos, las tías, los primos de la colonia, las solteronas. Y así y todo, aún sobraba espacio. Cuando el día amanecía llorando, el padre Amadeo se encargaba personalmente de acomodar a los que asistían para que no se sintiera la ausencia de los ausentes. Jamás admitiría duda o falta de compromiso en la fe de sus feligreses frente al señor clavado en la cruz. «Antes, muerto», decía. Su máximo sueño era volverse mártir, como a nosotros jugadores de fútbol.

Perdón, pero olvidé presentarme. Me dicen Malto. ¿Por qué? Todo fue por culpa de un pariente que vivía al fondo de mi casa: el Enrique. Le decíamos pariente, pero la verdad es que no lo era. Concurría a varios eventos con nosotros, desde cumpleaños, navidades, reuniones con los familiares, hasta algún que otro velorio. Con Isaac nunca supimos exactamente de dónde venía, pero sí que no tenía adónde regresar. Para mí, una persona con esas condiciones se transforma automáticamente en pariente del mundo. Y nos eligió a nosotros —cuando digo nosotros me refiero a papá, a mamá y a mi hermanito Valentín, que todavía no había nacido— para que seamos los espectadores de su show. Le alquilábamos la casita del fondo que antes era de la bisabuela.

El Enrique estaba un poco loco, pero era un loco enamorado. Pasaba horas en el fondo elaborando su cerveza artesanal. «La Enriqueta», decía, saboreando sus labios como un suspiro, con los cachetes colorados y la sonrisa manchada de espuma. Vivía de bar en bar dando a conocer su elixir, y si le sobraba tiempo, vendía su amor a las chicas del barrio.

—Malto, vení para acá —me dijo una vez que me asomé con Isaac—. Te voy a enseñar el secreto de mi éxito.

—¿Malto? ¿Es el nombre de algún superhéroe?

—No, pibe —me respondió Enrique, consternado, como si acabara de insultarlo—. ¿Con qué basura te están llenando la cabeza en la tele? Los superhéroes no existen.

Con Isaac nos miramos sin decir nada.

—Un héroe de verdad aparece en el momento en que nadie se lo espera. Un héroe es alguien que no es un héroe —contempló el recipiente donde guardaba la malta fermentada—. Como un caballero hecho de lata. ¿Me entendés?

De tanto andarle cerca, el Enrique había resuelto que yo le hacía acordar a la malta: chiquitito, de un color dorado y que podía darle un importante sabor a la vida. Al día siguiente, Isaac les contó a los chicos de la escuela sobre el nuevo apodo, y nunca más volvieron a llamarme por mi nombre o de ninguna otra forma.

El problema del Enrique era que estaba muy enamorado de sus pasiones. Tanto así que un día después de estar con la mujer del comisario, la policía comenzó a fijarse en La Enriqueta, y descubrieron que la hacía sin permiso. Igual que con los amores ajenos. Los últimos recuerdos que tengo del Enrique son sus rulos desparramando el aire mientras el patrullero se lo llevaba, y la estela de gritos de nena y llanto que dejaba detrás. Ese día aprendí que si te enamorás demasiado de tus pasiones, son ellas las que te terminan dejando.

El padre Amadeo fue el primero y el único en ponerse feliz por la noticia.

—Que se lleve su bebida satánica a otro lado —vociferaba frente a todos, entretanto la policía desarmaba la fábrica de La Enriqueta—. Vaya uno a saber qué cosas le ponía para andar así de desvariado.

Le teníamos mucho miedo al padre Amadeo. Cada vez que lo veíamos saliendo de la parroquia, Isaac y yo nos escondíamos en la esquina. En la misa era donde podíamos admirar de cerca su cruz de plata, saltando sobre su pecho al mismo tiempo que movía sus brazos y hablaba de Dios Todopoderoso. Pero ya volveré a hablar sobre la cruz.

El Enrique no volvió a aparecer y mis papás me encontraron más travieso que de costumbre —se habían enterado incluso de mi apodo—, entonces tuvieron la idea de traer a casa un perrito. Y como todo lo que es especial para uno necesita un nombre, a mi perro lo llamé Maltita. Desde ese día tuve un nuevo compañero de aventuras. Lo sacaba a pasear y las señoras nos paraban para acariciarle las orejas redondeadas, o para maravillarse con la mancha blanca sobre su pelaje color malta del Enrique. Cuando no andábamos por ahí, intentaba enseñarle a traer las cosas: pelotas, ramitas, el diario, las pantuflas. El procedimiento era el siguiente: le chistaba dos o tres veces y le indicaba enérgicamente el objeto que tenía que agarrar. La mayoría de las veces se me quedaba mirando con la lengua a un costado y los ojos quietos. Tenía la esperanza de que aprendiera a reconocer las cosas que eran valiosas para mí. No vaya a ser que un día se le ocurriera traer una paloma reventada a la casa o alguna zapatilla que Verónica, la vecina, dejaba secando al sol. Me estremecía al imaginarme el dolor de las patadas de mamá. Ella dejándonos, a animal y adiestrador, con el culo rojo como la alfombra del living. Por eso lo entrenaba con una convicción increíble, como un entrenador que prepara a su boxeador para la pelea final. Le mostraba la pelota, la rebotaba un par de veces frente a su hocico, lo molestaba con ella para generarle perturbación. Entonces la arrojaba con todas mis fuerzas al grito de: «¡La pelota! ¡La pelota! ¡Traé, traé! ¡Vaya, busque!». Ambos mirábamos el vuelo de la esfera de goma por el patio y él no se inmutaba, como si todavía esperara la orden que jamás llegó. A pesar de que fuera un pésimo alumno, me divertía mucho con Maltita. Por otra parte, en casa no todo era felicidad.

Sucedió una tarde. Habíamos estado jugando a las escondidas en la casa de Isaac, y antes a perseguir a Maltita. Regresamos los tres a casa y me pareció raro no ver a mamá en la cocina con la merienda preparada. Fuimos hasta el patio, con Maltita imitando nuestros pasos. Allí nos encontramos con la misma respuesta. ¿Adónde se había ido todo el mundo?

Cuando regresamos a la cocina inmediatamente escuchamos algo en el segundo piso. Cada paso que dábamos por las escaleras era una odisea para intentar volvernos invisibles. El ruido venía de la pieza de mis papás. La puerta estaba cerrada. Aplasté la oreja contra ella, mientras Isaac intentaba que Maltita no nos delatara con algún ladrido. Al principio me costó entender, se oía como si alguien hablara con una media en la boca, pero unos segundos después pude reconocer una voz.

—Pará, primero hay que buscar a Malto —creí entender que decía la voz de mi papá.

—¿Ahora vos también le decís así? —reprochó la voz de mamá, y enseguida oí un suspiro de queja—. ¿Todavía no te atiende Medina?

Isaac y yo sentimos un golpe suave sobre la mesita de luz, y supimos que se trataba del teléfono.

—Nada… A lo mejor tuvo una urgencia en la clínica.

Volvimos a escuchar una queja.

—¡Ay! —susurró, casi un silencio.

—¿Querés que te traiga agua? —dijo la voz de papá.

Pensé en bajar yo mismo, pero quería averiguar qué estaba pasando.

—Me voy a recostar un rato. Seguí intentando, en una de esas tenemos suerte y atiende la boluda de Esther. No entiendo para qué Medina tiene secretaria, si no sirve ni para agarrar el teléfono.

Me alejé unos pasos de la puerta, intentando comprender. ¿Mamá estaba enferma? El apellido Medina siempre salía en las conversaciones que incluían a Valentín y otras palabras extrañas, como ecografía, cesárea y parto. ¿Eso quería decir que quién estaba sufriendo era Valentín? Isaac me observaba hecho una piedra sin saber qué decir. Alzó a Maltita que estaba a punto de rascar la puerta. Les di la espalda, bajé casi sin tocar los escalones y cuando me di cuenta estaba otra vez en la calle. Tuve la sensación de que un punto oscuro me presionaba el corazón. ¿Estaría empezando a enfermarme yo también? Lo cierto es que jamás me había sentido así, y no se lo deseaba ni al peor de los villanos. Maltita apareció junto Isaac, confundido por tantas idas y vueltas.

En ese momento ninguno de nosotros se percató de que el padre Amadeo pasaba por la esquina con la cruz bailoteando arriba de su panza. En uno de esos movimientos el sol se reflejó en la superficie plateada y por un instante creí que una estrella había salido a caminar. En el barrio siempre se hablaba de la cruz de plata como una de las pruebas irrefutables de que existen los milagros. Muchos chicos decían que había pertenecido a un santo y que en ella residía el poder de Dios, que ve y escucha todo lo que hacemos y decimos, y que además es invisible. Eso nos mantenía muy preocupados a la hora de portarnos mal, y medíamos con sumo cuidado cada uno de nuestros actos. Tampoco entendíamos muy bien por qué el padre Amadeo, con semejante cara y comportamiento poco amigable, no recibía el castigo que se merecía. Seguramente la cruz era la respuesta. Un campo de fuerza que Dios le prestaba para parecer una persona sin pecados.

En esa maraña de ideas me encontraba cuando recordé, casi sin querer, las palabras del Enrique. Medité un segundo, y entonces le comenté a Isaac el plan que se me acababa de ocurrir: si conseguía la cruz, estaba seguro que podría ayudar a Valentín a sanar. Sea lo que sea que hayan hecho él o mamá, con la cruz ambos serían perdonados por Dios Todopoderoso. Me sorprendí de mi propia convicción. Era como había dicho el Enrique: debía ser el caballero de lata. El héroe que nadie espera.

Seguimos al padre Amadeo como espías, usando los muritos de los vecinos y los postes de luz como escondites. Al llegar a la parroquia nos refugiamos en las plantas de la esquina. El padre Amadeo se detuvo un momento sobre la entrada y contempló el sol abrasador. Aprovechó para dejar entrar un poco de aire por el cuello de la túnica oscura. Yo no le quitaba el ojo de encima al objeto plateado. Volaban sobre mi imaginación las posibles estrategias para quitárselo. Alguien como el padre Amadeo jamás se la prestaría a un par de chicos como nosotros —nos tenía fichados desde que nos vio con el Enrique—; mucho menos una reliquia tan famosa como aquella. Cuando por fin se decidió a entrar, algo a sus pies le llamó la atención. Con Isaac nos quedamos espantados, paralizados, mudos: Maltita estaba frente a él, moviendo inocentemente la cola.

¡Estaba a punto de arruinarlo todo! Nos escondimos tanto como pudimos, como si la presencia de Maltita delatara inmediatamente nuestra posición. El padre Amadeo lo escudriñó unos segundos con mirada seria. Inclinó su enorme panza y fuimos testigos de un milagro: comenzó a acariciarlo. Maltita le agradeció con un movimiento gracioso que robó una sonrisa de aquel monstruo religioso. De pronto el padre Amadeo se llevó una mano a la espalda, y se irguió de golpe matando la sonrisa con una mueca de dolor. Era como si una flecha de los indios de la tele le hubiera perforado la espalda. Esquivó a Maltita como si fuera una piedra, un papel insignificante, y su corpulenta humanidad se perdió dentro de aquel edificio de ventanales alargados.

Abandoné el refugio para ir en su rescate —no vaya a ser que al padre Amadeo se le ocurriera regresar—, y al llegar me topé con un segundo milagro. Para no permitirles a mis ojos que me siguieran mintiendo llamé a Isaac con ambas manos. Cuando se acercó se encontró con Maltita entre mis pies, olfateando algo; cautivado tal vez por los inciensos y demás aromas evangélicos. Era el crucifijo. Tomé cuidadosamente la cadena con la punta de mis dedos, como si fuera a romperse en mil pedazos, y la contemplamos perplejos durante unos minutos. El grito eufórico de Isaac me sacó de la hipnosis. ¿Había ocurrió cuando el padre Amadeo acarició a Maltita? ¿O cuando se levantó? Lo cierto es que la cruz ahora estaba en nuestro poder, de una manera perturbadoramente afortunada. Demasiado fácil, demasiado sencillo para creerlo. Al final no nos equivocaríamos.

 

Desandamos el camino a paso lento. La emoción nos había hecho olvidar el motivo de la búsqueda. En cambio, íbamos examinando nuestro trofeo. Reparamos en su sorpresivo peso, mayor al que creíamos, en los detalles invisibles en sus extremos, en la superficie reluciente que parecía sacada de un lago de cristal. Tan embobados íbamos que no nos percatamos de que en la otra punta de la cuadra, caminando hacia nosotros, venían Los Animales.

Cuando los tuvimos a unos pocos pasos Maltita, alertado por su instinto, comenzó a ladrar. Levantamos la vista y supimos de inmediato que se avecinaba una tormenta.

Quisimos cambiar de rumbo en el último momento, pero un grito grave con manchas de niñez nos encadenó en el suelo:

—¿Adónde van? —preguntó socarronamente el Mono, el líder de Los Animales.

Su cabeza mal rapada se posó sobre nosotros como un toldo, como un edificio calvo. Ellos eran medio cuerpo más altos, al igual que el resto de los chicos del secundario. Sin embargo, todos sabíamos que sus mentalidades aún no habían alcanzado el punto de fermentación esperado. Sobre la vereda, las orejas del Mono dejaban sombras redondas a nuestro alrededor. Nos rodeó junto con sus secuaces: el Chajá, el Gato y la Chancha.

—Nos íbamos a casa, Mono. Nada más —apresuró a contestar Isaac.

—¿Cómo me dijiste, pendejo? —resopló—. Nadie me dice Mono, ni siquiera unos gurisitos como ustedes.

Era cierto: a diferencia de mi apodo, que era de uso público, a Los Animales no les gustaba las comparaciones. Quise decir algo, pero de mi boca solamente salió aire. Apreté la cruz entre mis dedos, como un criminal que oculta la evidencia. Intentamos escabullirnos por un costado, pero nos topamos con el cuerpo alargado y los mechones mal peinados del Chajá. No decidimos tomar el hueco que custodiaba la Chancha porque, básicamente, no había hueco por donde pasar. El Gato nos cercó la espalda, arrebatándonos la única vía de escape que nos quedaba. La ronda de fieras nos iba atrapando cada vez más.

Entonces la Chancha advirtió algo:

—¿Qué tenés ahí? —chilló, y un torbellino salió por los agujeros de su nariz.

—Nada chicos, de verdad… —de puro nervio, escondí la mano detrás de mi espalda.

—¡Caramelos! —mintió Isaac.

—En tu casa seguramente te habrán enseñado a compartir, ¿no? —dijo el Mono, y en una carcajada vimos un despliegue de dientes amarillos—. A ver…

Si Maltita no se hubiese girado como un rayo y comenzado a ladrar, el Gato me hubiera quitado la cruz. El movimiento brusco de mi cuerpo fue suficiente para esquivar su zarpazo y romper levemente la formación. La Chancha se acercó rimbombante. Los rollos se le escapaban por la remera traspirada como una cascada de piel y grasa. Sentí el susto de Isaac al ver a la gran masa de carne aproximarse. Entonces tuve un momento de claridad que me permitió tomar a Isaac del brazo y sacarnos a ambos fuera de la ronda, a través del hueco que el Gato y la Chancha habían dejado. Los Animales se toparon sin quererlo con sus horrendas caras. Guardé la cruz en el bolsillo de atrás y corrimos como nunca antes lo habíamos hecho.

—¡Vengan para acá!

Nuestros pies apenas tocaban las baldosas y saltábamos las raíces de los árboles con una agilidad inolvidable. El Gato y el Mono nos pisaban los talones. El Chajá intentaba mantener su ritmo, a la vez que más atrás, muy rezagado, la Chancha le exigía a su cuerpo la tarea asombrosa de trotar, respirar y no morir.

La plaza, San Martín y la parroquia se perdieron de vista. En ningún momento había razonado el trayecto de la huida. Nos descubrimos corriendo sobre asfalto sin baches, y cruzando locales apelotonados nos dimos cuenta que habíamos llegado a la parte céntrica de Chajarí. Al doblar en una de las esquinas casi atropellamos al perro de Don Jacinto, que con ira olfateaba y devoraba sin esfuerzo un pedazo de carne.

De pronto me detuve. En seco.

Isaac intentó despabilarme a gritos. Quitarme ese nuevo ataque de hipnosis. Un escalofrío recorrió mi cuerpo como una roca de hielo. Y entonces caí, invadido de pánico, en mi tonta imprudencia: Maltita no estaba con nosotros.

Con mucha más fuerza volví a sentir el punto oscuro oprimiendo mi pecho. No podía entender cómo lo había perdido de vista. Jamás se había quedado solo en la calle. ¿En qué momento fue? Quizás se le hizo imposible seguirnos el paso. ¿Cómo pude ser tan idiota de entregarlo así sin más a la crueldad de la calle? Una calle que traiciona si no sos compinche con ella. Tal vez seguía en la parroquia. O tal vez estaba contemplando el humo que salía de la boca del señor Almada, en la esquina del bar. Tenía que volver, pero Los Animales nos perseguían como un extravagante tropel de bestias dispuestas a comerse un par de ratones. Podría haberles entregado la cruz, aunque no supieran que la teníamos. ¿Pero entonces qué sería de mamá y Valentín? Y lo más importante: ¿Qué sería de mí, al fallarme a mí mismo?

Los pensamientos se apiñaban con el calor de mi sangre subiendo y bajando, con la preocupación y la vergüenza de haber dejado atrás a Maltita, con el sufrimiento innecesario que debía estar padeciendo Isaac, con el posible castigo que recibiríamos del padre Amadeo si se enterara de…

—Por acá —me interrumpió la voz jadeante de Isaac—. ¡Rápido!

Doblamos hacia la derecha, y el barrio se me hizo desconocido. No recordaba haber estado allí antes. Era una zona de cemento gastado en las paredes, angostas calles de ripio semejantes a un desierto en miniatura; puertas viejas, ventanas decoradas con polvo y vegetación rebelde que trepaba hasta llegar al techo. Desde el porche de una de las casas, dos señoras de piel morena y arrugas marcadas como las puertas no dejaban de mirarnos. Nos observaban como si estuviéramos infectados por la desgracia de la juventud. Al ser las cuadras más pequeñas, por cada respiro ahogado, por cada jadeo fugaz de nuestros pulmones, el paisaje mutaba rápidamente. Las veredas fueron desapareciendo y dieron lugar a cercos de alambres oxidados que encerraban algunas gallinas, vacas o caballos. Más adelante se oía el límite de Chajarí. El sonido de los camiones conquistando la ruta, recorriendo como titanes el camino que los llevaría a ciudades tan grandes que no cabían en nuestra imaginación.

Seguí a Isaac hasta un grupo de casas humildes, con un patio común, entre naranjos y eucaliptos. Un corral infinito contorneaba las viviendas. La tranquera estaba abierta. Pasamos por delante de los gallos flacos que comían maíz reseco. El maíz estaba tan sucio que cualquiera hubiese pensado que los gallos se estaban comiendo las piedras. Por querer esquivarlos nos dirigimos, sin darnos cuenta, hacia un rincón sin salida. Quedamos entonces atrapados. A nuestras espaldas, un cobertizo de tablas podridas junto a un bebedero. Y al frente, Los Animales.

El terror se intensificó cuando nuestros ojos se encontraron con el rostro desencajado del Mono. Escupía odio en cada gota de sudor.

Luego de tragar una gran bocanada de aire, habló:

—Se nos acabó la paciencia. Así que decinos de una vez, y sin mentiras: ¿Qué es lo que nos escondés, pendejo?

 

Confieso que en aquella época, siendo tan chico, jamás imaginé sentir un agradecimiento tan profundo hacia alguien como lo tuve con Palmira. La abuela de Isaac era una señora reacia a la juventud. Era de esas personas que no soportaban bajo ningún punto de vista vernos jugar con bombitas de agua en los días de verano, o molestar a sus gatos, los encargados de dar fin a la plaga de alimañas. Para ella, nosotros debíamos ser hombres antes de haber sido hombres. No toleraba que en nuestras manos hubiera lápices de colores en vez de rebenques o palas. Tampoco concebía la idea de que las mujeres tuvieran otras actividades además de la cocina, la crianza de los «hombres» y la limpieza. A sus ojos, no éramos más que un par de diablos que perdían el tiempo.

Por suerte —salvo cuando ella iba a visitar a Isaac y al resto de sus nietos— sólo me la crucé un par de veces en toda mi vida. Aunque una de esas veces fue cuando apareció detrás del cobertizo, en su casa, luego de que Los Animales nos hubieran atrapado y golpeado.

Recuerdo que no podía ver qué le estaban haciendo a Isaac: el Mono me había tomado de los pelos y me había comenzado a sacudir para que le diera lo que sea que le estábamos ocultando, ya más por hartazgo que por intriga. Cuando se cansó, me dio un empujón y caí sobre la tierra. Cuando quise reincorporarme, a todos nos sorprendió un ruido. El sonido de algo que cae al suelo pesadamente.

Nos dimos vuelta y vimos a Palmira. Sostenía una escoba que no paraba de sacudir. A sus pies había una bolsa de tierra o abono.

—¡Salgan de mi casa, sinvergüenzas! —su voz emanaba olor a tabaco— ¿Quién se creen que son para entrar sin permiso? ¡Salgan!, al menos que quieran charlarlo con mi escopeta. Y hace rato que le vengo buscando excusas para sacarla a charlar.

Los Animales comenzaron a mirarse las caras, pálidas como una nube. El Mono, sintiéndose de alguna forma presionado por su rol de líder, en un acto de estúpido valor, amagó a contestar. Pero al ver que doña Palmira extendía su mano dentro del cobertizo, abandonó todo proyecto y optó por liderar la retirada, tropezándose, corriendo en parte con los pies, en parte con las manos. Se alejaron a los tumbos. La Chancha tropezó con su propio peso y dio de lleno en un charco de barro. El Chajá no se decidía para donde huir, yendo hacia una dirección y enseguida hacia la otra, para luego volver a la inicial, y al Gato se le oyó un vergonzoso grito de nenita. Los contemplé huyendo como las alimañas que siempre fueron. Al ver aquella escena, comprendí que cada uno es de la forma en que quiere que los demás lo vean. Más que una designación, la vida es una elección.

—Gracias abuela… —Isaac estaba a punto de soltar una lágrima, pero la expresión amarga de doña Palmira hizo que buscara un comportamiento totalmente opuesto. Supe de inmediato que se estaba lamentando por su quebrajosa sensibilidad.

Doña Palmira reparó en nuestros moretones, en los raspones de los codos y en el polvo sobre nuestro pelo.

—¿Otra vez metiéndose en quilombos ustedes? No aprenden más, de verdad que no.

Se dio vuelta alzando los brazos al cielo, como si le reclamara a alguien más. Entró a la casilla, dejó la bolsa en una esquina y sacó un rastrillo casi pelado. Los pocos alambres despeinados me hicieron acordar a las hojas de los espinillos. Lo exhibió delante de nosotros:

—Menos mal que se fueron. No quería ponerme a cargar las balas —vi salir una sonrisa de las arrugas cuarteadas. Era la primera vez. Guardó el rastrillo y la bolsa y se volvió hacia nosotros—. ¿Qué es lo que estaban haciendo?

La pregunta automáticamente me hizo hurgar en mi bolsillo. De repente el corazón se me paralizó, como si doña Palmira me hubiese disparado. Comencé a buscar en los alrededores, me tocaba inútilmente la remera y el cuerpo, observaba una y otra vez el suelo, girando en círculos. Isaac ya había comprendido.

—A lo mejor se te cayó en la entrada —me dijo, nervioso.

—La cruz, la cruz, la cruz… —mis piernas y mis brazos se movían en descompás. Volví a cerciorarme en el bolsillo trasero. La había guardado allí, estaba seguro. El otro bolsillo. A los costados. Me tocaba el cuello con la esperanza de sentir una cadena, una pequeña T en mi pecho, suponiendo que entre tanto desenfreno había terminado allí.

Palmira nos observaba confundida, pero enseguida habrá pensado que se trataba de alguno de nuestros juegos. Tomó el rastrillo y nos dijo sin mirarnos:

—No estén mucho tiempo por acá, que sino las gallinas se asustan y esta noche no voy a tener nada para cenar.

El regreso a casa fue largo, no porque estuviéramos lejos, sino porque nuestro mundo pasado era más vasto que el de ahora. Fuimos todo el trayecto con la cabeza gacha buscando la cruz. También nos deteníamos en cada esquina para llamar a Maltita. Temíamos que Los Animales lo hubiesen encontrado.

Mi tristeza ya no distinguía razón. Los motivos se habían mezclado en mi cuerpo como una gran mancha de pintura, y tuve miedo de que el punto sobre el pecho no se fuera nunca. Varias personas nos cruzaban presurosos, seguramente con el deseo de llegar a casa para estar con su familia. Con su perro. Recorrimos la plaza y escudriñamos desde allí la parroquia. No vimos al padre Amadeo. Cada tanto había que tener cuidado con los bolsos de las señoras que nos golpeaban en la cabeza. Fuimos a espiar al perro de Don Jacinto con una mano agarrada al corazón. Temíamos encontrarnos con la horrible escena de los huesitos de Maltita entre sus colmillos. Por suerte no estaba allí. Pero no estaba en ningún lado.

El sol tiñó de naranja las casas, los viejos árboles y las calles. Los negocios cerraban sus puertas antes de que la noche se les cayera encima. El aire se había vuelto pesado, con ganas de llorar. Yo no lo hice porque no quería preocupar más a Isaac.

No hay que llorar porque los héroes no lloran. El Enrique jamás me había explicado qué hacer con la tristeza que uno guarda. Dónde dejarla para que no se volviese insoportable. Lo maldije dentro de mi cabeza por ser un mentiroso y mal enseñador. Héroe de lata. Sí, claro.

Pensé en la suerte cuando se le cayó la cruz al padre Amadeo, pero también en la desgracia cuando tocó el suelo. Ahora no sólo volvía a casa sin nada, sino que volvía con menos que cuando me fui. Imaginaba en lo que me dirían mis papás con respecto a Maltita. ¿Me retarían? Probablemente yo haría berrinches y al cabo de unos días, ya con la marea bajando, me traerían otro perrito. Pero yo patalearía y agotaría los depósitos de gritos por el mismo Maltita. Y no me entenderían cuando les dijera que un amigo no se puede cambiar de la noche a la mañana. ¿En qué lugar del mundo el cariño que se tiene hacia alguien se puede mover y depositar en otra persona? Por más cervezas que existieran, La Enriqueta jamás sería reemplazable. Yo conocía el ritual de elaboración de memoria: el Enrique jamás cambiaba el proceso, ni un gramo de más, ni un litro de menos, y todavía así había días en que La Enriqueta salía brava, oscura, y no se podía salir al patio debido al olor agrio. Pero también había días en que el dulzor del brebaje era tan suave que podía ver al Enrique despegarse del suelo y bailar. Lo que sucedía era que él le inyectaba un ingrediente invisible cuando maceraba la malta fermentada, o en la olla de agua caliente, o cuando dejaba reposar la levadura. Muchos años después, entendí que aquel ingrediente fue y siempre ha sido el mismo que usan dos personas para estar juntas toda la vida.

—Mañana podemos buscar por la parroquia de nuevo —sugirió Isaac—. A partir de las cuatro estoy libre. Mi mamá ya me dijo que si no voy a la peluquería no me va a dejar salir a la calle. Dice que parezco Rambo.

Faltaba una vuelta de esquina para llegar a mi casa. Le devolví una sonrisa fingida.

—Gracias por la ayuda, pero no creo que encontremos la cruz.

—Hablaba de Maltita —me puso una mano en el hombro—. De los milagros que se encargue Dios Todoterreno.

—Todopoderoso —corregí.

Isaac soltó una breve sonrisa y nos separamos en la esquina. El sudor y tierra en su cara y sus pelos sacudiéndose de un lado al otro me recordaron a las películas de acción.

Caminé despacio pensando en Maltita. Él había hecho la parte más difícil del día. Entonces reflexioné un poco. Tal vez el Enrique no era tan mentiroso como creía. Al final siempre es más fácil reclamar por un superhéroe cuando no queremos enfrentar nuestros problemas. La vida —con lo poco que había visto—, no funcionaba así. A lo mejor un héroe se construye a partir de pequeñas acciones, de muchas personas, que separadas no tienen ninguna utilidad pero que al ir encadenándolas se logran hazañas increíbles. Como los ingredientes de la cerveza. Pensé en todas esas pequeñas acciones, esas valentías espontáneas y la ayuda desinteresada. Con aquella armadura, hasta yo sería más fuerte que los milagros de Dios. Quizás todos somos la cuota del héroe que necesitamos.

Llegando a casa, evoqué la imagen de Maltita frente a la puerta, debajo de las luces amarillentas que mi mamá tanto detestaba. Mis ganas de verlo eran tan fuertes que hicieron que el espejismo se irguiera y saliera corriendo a mi encuentro. Al irme aproximando, noté que no desaparecía de mi cabeza. Encima del césped iba dejando pequeños pozos del tamaño de sus patas, se iba plasmando como tinta sobre la realidad. Me arrodillé para comprender aquel remolino de imágenes, y recibí una embestida en el pecho que me dejó contemplando la noche. Encima de mí, Maltita me observaba. Mis ojos se volvieron dos aguaceros que inundaron mi cara. Sólo minutos después me daría cuenta del punto brillante, del resplandor plateado entre sus colmillos. Como una estrella que acababan de arrancar del cielo.

Julián Scatolaro

 

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