La pregunta | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

La pregunta

noviembre 5, 2016

Tengo la teoría de que cada uno de nosotros vive gracias a una frase.

Redoblo la apuesta: cada ser humano está sujeto a una frase que atraviesa todos los hilos de su vida, y esa frase, encima, viene en formato de interrogación.

Te estoy viendo y tenés cara de: «¿Por qué es una pregunta, Juliancito?» y simplemente te respondo: porque no sabemos la respuesta. Pará, pará, no te vayas, sentate. Dejame terminar la idea. Tomá, está medio amargo pero al menos va a hacer que te quedes un rato más. No, no le puse burrito, ahora callate y oíme.

Pensalo de esta forma: si la frase fuera una afirmación, entonces no tendría un fin en sí mismo. Por ejemplo, si la frase que te definiera fuera «Soy más puto que las gallinas», ¿cuál creés que sería el sentido de tu vida? Pará, pará, fue un ejemplo nomás, ¡soltá eso! ¡Fue un decir nomás! No me revolees nada, aguantá. Te cambio el ejemplo si querés, che loco sensible. A ver… imaginate que «Soy un orgulloso» fuera el rótulo de tu existencia. Si así fuera quiere decir que naciste y morirás siendo un orgulloso y punto. Tu vida sería inmutablemente así. Listo, sos un orgulloso imbancable y eso es todo, se acabó. ¿Me entendés? Te doy otro ejemplo: si fuera «Soy un trabajador medio» decime, ¿cuál sería la gracia de los micro-esfuerzos que hacemos todo el tiempo, todos los días? ¿Un gasto de energía innecesario, o qué? O si la frase en cambio fuera «El mejor neurocirujano del mundo», me imagino que al principio no te molestaría. Suena bien, ¿no?, quedás re capo, re winner, pero entonces ¿cómo serías de padre? ¿Y de turista? ¿Hermano? ¿Amante? ¿El peor, el mejor, el más o menos? ¿Serías?

Veo que ya me estás entendiendo. La frase de nuestra vida no puede nunca ser una afirmación porque sería como pesar kilos de helado con una regla. Le estaríamos pifiando feo y nos quedarían muchísimas cosas afuera del tarro. Pero si en vez de eso a la afirmación ahora la maquillamos con signos, la cosa cambia. Ahora tenemos una pregunta, una pregunta que nos mantiene andando la vida. Ahora buscaremos averiguar si en realidad somos orgullosos o no; si seremos los más egoístas o los más generosos, o si intentaremos llegar a ser los mejores. Y mientras todo eso va sucediendo, mientras nos preguntamos, salimos a bailar, estudiamos, abrazamos, dormimos la siesta, nos mojamos un jueves a la noche, nos compramos un celular que no anda… La pregunta nos permite avanzar, no quedarnos estancados. Como tubos de oxígeno en una carrera bajo el mar.

Igual no te apures porque tampoco es tan fácil. Hay reglas que respetar. Una es que la pregunta NUNCA debe ser en base a alguien o a algo en concreto. Es decir, no tiene un destinatario. «¿Me odiará Margarita?» «¿Seré presidente de Dinamarca?» «¿Conoceré a Harry Potter?» «¿Ganaré el Roland Garros?». No, y no. La carta siempre se queda en el buzón. Tu buzón. ¿Capisci?

Otra condición es que la pregunta siempre, pero siempre, debe atravesar nuestra historia. Ya sé que es medio obvio, pero a la gente se le olvida. Debe tocar temas relacionados con nosotros, nuestra vida, pero como la vida es así toda misteriosa entonces la pregunta nos conecta con lo que está escondido, detrás del telón. Sin ella sólo vemos la superficie, y lo importante, como todo, está oculto debajo de la oleada. La pregunta nos ayuda como nos ayuda la cerveza en el boliche. Si no la tenemos, no nos animamos.

Te está gustando la teoría, ¿viste? Ta buena.

Yo la estuve aplicando para casos históricos y los resultados me sorprendieron. Estoy seguro de que la pregunta de Magallanes habrá sido «¿Qué hay donde no estoy?»; la de Borges: «¿Me hago entender, a pesar de ser yo?»; la de Rodrigo Palacios: «¿Es mejor arriba o abajo?»; la de Freud: «¿Qué hay detrás de mí mismo?»; la de Mahoma: «¿Tendré que ir o todo vendrá?»; Sócrates: «¿Sabré que no sé?»; Lawrence de Arabia: «¿Quién soy?»; Heidegger: «¿Cuáles son mis posibilidades?». Puedo seguir hasta mañana si querés pero no quiero aburrirte —además me olvidé de comprar más yerba.

Después cuando llegues a tu casa, buscá tu pregunta. Tomate tu tiempo, pensá en lo que hablamos y después me contás. Me lo vas a agradecer. No, no, acá no lo hagas. ¿Por qué? Primero porque no quiero saber sobre tus mugres internas, bastante tengo con las mías. Y segundo, porque tiene que ser personal, introspectivo. Acordate que la pregunta es de tu vida, así que no esperes que otro la tenga. Indagar enfrente de uno puede producir interferencias y podés salir medio rarito y no me quiero arriesgar.

Che, se está haciendo tarde. Seguimos otro día, no quiero que te agarre tan de noche. El finde hacemos algo si querés.

¿Qué, qué pasa? Ah, ¿la mía? Sí, ya la sé. La supe una noche. De ésas en que no sabés si estás dormido o despierto.

¿Realmente la querés saber?, bueno: «¿Me quiero?»

Julián Scatolaro

Imagen: Katsushika Hokusai

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