Las balas | Máquina de Hacer Historias

Las balas

enero 12, 2018

Te conté que había participado otra vez. Había enviado el cuento días después de mi cumpleaños. Te lo comenté por WhatsApp, así, de pasada, y vos te alegraste. Te dije un poco de verdad y un poco en joda que no te alborotaras tanto. No iba a ganar. Ya en 2015 había participado en ese mismo concurso y lo pasé sin pena ni gloria, como si nunca hubiera enviado nada. Igual te alegraste, igual me animaste.

Al cuento lo conocías con otro nombre; me habías ayudado a corregirlo, y te gustaba. A mí también. La idea me había salido casi de un saque, el argumento cerraba por todos lados y me convenció de entrada; a otras personas incluso les había gustado. Los retoques antes de enviarlo y el cambio de nombre, sentía, lo habían dejado mejor, se había fermentado bien. Pero igual, no iba a quedar en la antología. Así lo creía.

Pasaron casi tres meses. Nos habíamos olvidado completamente del concurso, por lo menos yo. El plazo de preselección hacía tiempo que había concluido y, cuando me percaté de eso, recibí el nuevo fracaso con una gran bienvenida, con una paz que solo se consigue al fracasar de manera casi constante, secuenciada, cronometrada. Seguimos navegando nuestras vidas. Seguimos leyendo autores nuevos, seguimos espiando cajas de libros usados, continuamos mirando películas que nos mareaban la cabeza y nos endulzaban la imaginación. Andábamos tan ocupados que ninguno se dio cuenta del mecanismo que lentamente comenzaba a accionarse.

Una mañana me llegó el mail. Enarbolo, mi cuento, había pasado la primera etapa de preselección junto con otros setenta y nueve. Setenta y nueve cuentos de más de tres mil personas repartidas sobre Argentina, Uruguay y Paraguay. Un verdadero asentamiento literario. Enseguida te mandé una captura de pantalla, te mostré mi pequeño logro y lo festejaste como un acontecimiento galáctico, una lluvia lunar sobre tu ventana. No entendía qué te movilizaba tanto, esa confianza irrisoria hacia mí. ¿Qué parte de mi cuerpo esparcía las esporas que te engatusaban? Mi familia, conocidos y amigos también se alegraron por la noticia. El único que no estaba convencido, el que veía todo esto como una ridiculez, era yo. El único inmune a mis esporas.

Casi no escribí en todo ese tiempo. Creo que no escribía porque no sabía qué decir. Usaba los deberes como excusa, las horas en las aulas como depredadores de la concentración. Apenas leía textos que no fueran paridos por una fotocopiadora de Humanidades.

Y nosotros dos, ahí, entre tantas cosas.

Facultad, pizzas, la historia del movimiento obrero, psicóloga, amigos, corrección de crónicas, paradas del Plaza, cumpleaños, peleas, fútbol, parciales, formalización de proposiciones, call center, Línea 59, siestas… ¿Qué éramos en esos días sino maniquíes atrapados en un tren de alta velocidad? Copas de champán en una nave espacial, las partes de un abanico de una reina aburrida.

La sequía de mails se cortó un día. Estaba invitado a la ceremonia de premiación. La invitación era para mí y para los otros setenta y nueve participantes; te lo aclaré para que no creyeras que ya era uno de los ganadores. El evento sería en el CCK de Buenos Aires, y vos fuiste la primera y la única que iba a acompañarme. Seguía escéptico y vos, aprovechando mi vulnerabilidad, me atacaste con tus armas más peligrosas. Me dijiste que no podía no estar contento, que valorara por lo menos haber llegado a esa instancia. Me reí y te respondí que no quería ganar, que no quería figurar en ninguna parte.

—¿Por qué no querés? —tu cara se puso seria, cortante, y eso me divirtió más.

—Porque así te puedo tapar la boca —dije—. Prefiero perder antes que tengas la razón.

 

Llegamos en colectivo la tarde de la premiación, en una línea que ahora no me acuerdo. Siempre pagaba tus viajes con mi SUBE cuando iba a visitarte a Buenos Aires. En la recepción nos indicaron que el salón estaba en el sexto piso. Hicimos un tramo en escalera mecánica y otro en la escalera aburrida. Cada tanto nos parábamos a observar hacia el techo, donde está esa especie de colmena hecha de cubos azules. Pasamos por una puerta blanca y llegamos a un salón alargado. Todavía faltaban algunos minutos y aun así ya no había más sillas.

Nos quedamos parados en el fondo, viendo las imágenes que pasaban por el proyector y los banners colocados sobre el escenario. En esa espera nos propusimos divisar a Eduardo Sacheri, uno de los tres escritores que formaba el jurado de premiación y al único que conocíamos. En tu mochila acechaban hambrientos La noche de la Usina y Te conozco Mendizábal, pequeños animalitos literarios, huérfanos de la firma de su autor. Cada tanto yo miraba por la ventana y divisaba el resto de la ciudad. Me imaginaba viviendo ahí, desayunando con esa vista imposible.

De pronto me señalaste a un costado:

—¡Mirá, ese es conocido!

—¡Sí! —corroboré— Es el actor de Relatos Salvajes. Creo que el apellido es Aráoz.

Estaba confundido a medias: el actor en definitiva era Daniel Aráoz, pero no había actuado en esa película. La escena del avión, al inicio de la cinta, estaba protagonizada por otra persona con calvicie. Para los actores famosos y pelados ser confundidos entre ellos es una maldición que debe venir de fábrica. Daniel estaba contra la pared, de pantalón de vestir y saco. Nadie parecía fijarse en él. Me recordó a Perlassi, un personaje de otra novela de Sacheri que me había devorado en mi Kindle: en O’Connor, el pueblito, Perlassi pasaba totalmente desapercibido, como una parte mínima del paisaje, a pesar de haber sido un futbolista excepcional. La novela se llama Aráoz y la verdad.

Pienso que es un bonus ser conocido y estar en Buenos Aires: hay demasiadas cosas para contemplar. Vos y yo éramos dos turistas en un evento ajeno y eso nos fascinaba. Mirábamos como quien mira una reunión de pájaros mitológicos, personas superlativas en un acontecimiento internacional de bancos, famosos, sillas ocupadas y escritores. Y nosotros ahí, escondiéndonos entre la vegetación, riéndonos por lo bajo.

De pronto dos mujeres se pararon frente al par de micrófonos que había en el escenario. Debo admitir que estaba lleno de nervios, pero cuando la ceremonia empezó mis decibeles bajaron. Primero fue la categoría sub 18 y luego tocó la categoría mayores. Las conductoras del evento anunciaron por los parlantes uno a uno a los antologizados (¡qué palabra más espantosa!), y ninguno fui yo. A cada nombre fallido, me inclinaba hacia vos y con mis cejas sentenciaba el veredicto que tanto te tenía harta. Los flamantes integrantes de la antología subieron al escenario—la mayoría de Capital—, un fotógrafo los invadió de luces, dijeron algunas palabras y recibieron aplausos. En el extremo opuesto del escenario vos me consolabas como si supieras que realmente me dolía, como si pudieras verme las heridas detrás de la piel y la carne. Estaba ganando la pequeña batalla que me había propuesto unas horas antes y eso, al menos, me aliviaba: molestarte, derrumbarte las pocas ilusiones que sostenías, tu estandarte que se iba rompiendo y que intentabas enarbolar en nuestra guerra inofensiva. Jugábamos a creernos enormes en una sala llena de gigantes. Hasta que anunciaron el tercer premio.

Era un platense que no habían nombrado antes. Nos miramos y tu cara transmitió, como un canal en vivo, la resurrección de tu esperanza. Según habíamos hablado, creíamos que de las personas anunciadas saldría el podio premiado. Pero no era así. Aún me quedaban chances. Te sonreí, fingí sorpresa (¿fingía?) y me acerqué a tu oído:

—Te salvaste —dije—, todavía te quedan dos balas.

El segundo premio fue para un grupo de personas de Córdoba. Subió una mujer a recibir el certificado, completamente emocionada. Me fijé en vos como un enfermero que controla el pulso de una paciente agonizante. Tu sonrisa se había ensuciado con los nervios y los aplausos del salón.

—Te queda una —susurré, y me golpeaste en el hombro.

Viéndolo de afuera, inventar un juego en el cual se apuesta a los fracasos propios es requisito más que suficiente para meternos de cabeza en un loquero. Pero a nadie le importaba. Allí nosotros no éramos importantes. Iba a ser una noche que recordaríamos como nuestra primera visita al CCK y la vez que casi gané algo escribiendo, no mucho más, una fichita para sumar al tablero de anécdotas. Sin embargo, en ese momento y al lado tuyo, yo era feliz.

¿Cómo explicar entonces lo que ocurrió después? Fue, por así decirlo, desproporcional. Ambos horas más tarde coincidimos en que fue lo más parecido a despertar. Un proyectil guardado en la recámara, el mecanismo percutiendo y la pólvora estallando; el proyectil iniciando por la combustión el viaje hacia el exterior, liberándose para siempre. Mi nombre sonando en una sala del sexto piso, el nombre de mi cuento emergiendo detrás. Una explosión dentro de nuestras cabezas. Las dos bocas bien abiertas, mirándonos para corroborar que estábamos vivos; los ojos enormes, nuestro abrazo en modo automático, encendido por una fuerza que no controlábamos; un grito de a dos, grito infantil al fondo de la sala, y dos personas heridas por el disparo, festejando.

Julián Scatolaro

Imagen: Basquiat

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