Los ojos de la mariposa | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Los ojos de la mariposa

Septiembre 29, 2016

Cuando se sentó en el último asiento del último vagón, Franco Stefano oyó el silbido de la locomotora. No se percató de que la formación se alejaba de la estación hasta después de unos minutos: aunque observara insistentemente a su alrededor, la ansiedad lo bloqueaba del mundo de afuera. Del otro lado de la ventana, el andén comenzaba a moverse; primero a paso lento, y luego con marcha firme. Intentó relajarse y acomodó su sombrero que, hacía un momento, se había vuelto una molestia a su andar presuroso, amagando a cada instante a separarse de su cabellera canosa.

Stefano estaba convencido de que ya habrían notado la ruptura en su rutina. Vio las agujas en su pulsera y dedujo que si no estuviera en el tren, aún seguiría en la sala, escribiendo tranquilamente.

De pronto, una voz cerca de la ventana le provocó una sorpresa que no pudo disimular.

—Señor, ¿se encuentra bien? —el dueño de la voz lo observaba fijo desde la esquina. Era un hombre apenas menor que Franco y vestía un traje negro con corbata angosta.

—Sí… Sí, estoy bien —Franco buscó su pañuelo y al no encontrarlo se secó el sudor con el dorso de la mano.

—Por su cara creí lo contrario —el pasajero le sonrío levemente. La estación ya no se divisaba—. Tenga, tome.

El hombre le extendió un pañuelo blanco. Franco le agradeció, aceptándolo con cierta culpa y, al mismo tiempo, con vergonzosa necesidad.

—Agradezco su preocupación, caballero —la fina tela resbalaba por sus dedos nerviosos—. Temía perder el tren, nada más.

El hombre lo examinó como si el tren fuera una sala de interrogatorio, y Franco pensó que su argumento no debió sonar muy convincente.

Tampoco él se lo creía.

Bastaba sólo con mirarse: había subido al tren con lo puesto y compró el boleto sin detenerse a pensar hacia dónde se dirigía, las ciudades en dónde haría escala, o cuánto tardaría. Su ropa era una maraña de desprolijidad y arrugas que delataban los días de uso.

El hombre pareció murmurarse algo para sí. Y dijo:

—Es muy atrevido de mi parte ir por ahí suponiendo cosas de alguien que no conozco y que no me conoce. ¿No cree? Señor…

—Franco…

—¿Sabe, Franco? Siento que lo conozco de alguna parte —una pequeña mueca de incertidumbre atravesó el rostro del pasajero—. ¿Viaja seguido en tren?

—Sólo en vacaciones —se pasó el pañuelo por el cuello—. No puedo viajar tanto como yo quisiera.

—¿A qué se dedica?

—Es una pregunta un poco complicada —Franco creyó tener que reírse—. Nunca pude diferenciar muy bien mi vocación. Digamos que soy periodista, pero me dedico a la escritura.

Ni bien terminó de hablar, vio que el pasajero abría, enormes, los ojos.

—¿Es usted Franco Stefano, el autor de Los ojos de la mariposa? —apenas podía contener la euforia—. Lo sabía. Su cara me sonaba de algún lado ¡Soy un gran admirador suyo!

Franco se sintió como la presa cuando la descubren en su escondite. Él no solía ser así, pero en esos días había caído en las fauces del miedo y ahora era aquel manojo de nervios e inseguridades que tanto lo asombraba.

No tuvo tiempo de reaccionar. El pasajero lo bombardeó de halagos, le comentó sobre lo fascinado que quedó con todos sus libros, en especial con el primero, Los dientes afilados, y cómo a partir de entonces comenzó a recorrer toda su bibliografía. Stefano se limitó a defenderse con gestos austeros, breves sonrisas detrás de una cabeza gacha, y ciertos comentarios que disimulaban pequeños «gracias». Y mientras ocurría aquello, las horas fueron llevándose a los dos.

El mundo recortado por la ventana mostró el sol detrás de una pared de eucaliptos que los perseguía desde hacía un buen rato. Franco recordó que aún tenía el pañuelo del pasajero, quien a estas alturas se había instalado en el asiento de al lado.

Lamentablemente.

Amistades y charlas era lo último que deseaba encontrar cuando subió. Quería devolverle el pañuelo y alegar alguna excusa para sacárselo de encima, y mientras aguardaba por una grieta en los monólogos del admirador, sintió los detalles bordados, invisibles hasta ese entonces, en una de las esquinas.

Entonces su plan tuvo un imprevisto: el pasajero atacó con la pregunta que tanto temía oír.

—Perdón que insista con el mismo tema, Franco —comenzó—. Pero es evidente que algo lo está inquietando. Basta con mirarle la cara —extendió su índice hasta señalar el medio de su frente—. Algo lo tiene a mal traer, lo sé desde que se sentó, y no es mi intención sumarle más disgustos, pero si usted lo desea y confía en mí, puede contarme. Soy bastante reservado. Dígame, ¿está huyendo de alguien? ¿Algún familiar está grave? —arqueó sus labios en sonrisa burlona— ¿Acaso cometió algún crimen? Cuénteme por favor…

Franco alzó la mirada. La bajó. Miró hacia afuera, y sólo entonces movió un poco los hombros y se dirigió hacia el pasajero:

—Mi libro es el culpable —por un instante se sorprendió de su propias palabras—. Como sabrá, el antagonista de Los ojos de la mariposa se llama Osvaldo Reiner. Es un psicópata que utiliza métodos de acoso, paranoia, terror, para acabar con sus víctimas.

—Por supuesto —recordó—, un maravilloso personaje. Cautivador.

—Exacto —le había robado la palabra—: cautivador. Sin duda fascinó a la crítica. Y admito que hasta a mí también. Lo considero una de mis mejores creaciones, incluso mejor que muchos de mis libros.

Franco guardó silencio un momento, como si sus palabras tomaran impulso, y continuó:

—A los meses de haber publicado el libro, comencé a recibir llamadas. Llamadas silenciosas. Y, con los días, sentí que me estaban siguiendo, que me vigilaban desde alguna parte. Creía que sólo era mi imaginación y el estrés por la publicación, pero cuando las cartas aparecieron en mi buzón todo me quedó mucho más claro: al leerlas me di cuenta de que la única manera de que existiera una persona tan perversa es que no fuese real. Alguien que sólo puede existir atrapado dentro de las páginas.

El pasajero lo contemplaba en silencio.

—Las cartas estaban firmadas con las iniciales «O.R.»… —dijo finalmente. Bajó la vista y se descubrió ahorcando el pañuelo, con sus manos a punto de explotar. «Parece una locura», se oyó decir.

—¿Sabe algo, Franco? Yo le creo —los labios arquearon una sonrisa— Y déjeme decirle algo más. Lo que me atrapó de su libro fue la analogía que usa con la mariposa. Usted no se refiere a los ojos del insecto, sino a los ojos que se forman por la mancha de las alas.

Franco lo observó extrañado. El pasajero prosiguió:

—Es interesante esa idea, la de un poder que no se tiene pero que se aparenta tener para edificar el miedo en los depredadores, en los más fuertes. En fin, para aterrar a los que aterran. Realmente magnífico.

Franco bajó la mirada hasta sus manos. De pronto, una línea helada recorrió la espalda del escritor. Y su expresión se tornó pánico. Y en aquel último asiento de aquel último vagón, el pañuelo cayó al suelo. Las iniciales negras, bordadas junto a una pequeña mariposa, se incrustaban en la tela como gotas de sangre negra, como los dientes de una bestia. Y Franco Stefano creyó sentirse dentro de su propia novela, perseguido por la mirada que alguna vez amó.

Julián Scatolaro

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