Mensajes en la piel | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

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Mensajes en la piel

Septiembre 15, 2016

Empujo la gran puerta de vidrio y salgo del local. La fecha es 22 de noviembre de 2013, y el antebrazo me duele como un anillo de fuego, cerca del codo. Habían sido cinco horas en total, minadas por parates que incluyeron entre otras cosas la bajada de presión cuando Caio encendió la máquina y comenzó a herirme la piel, o los descansos que ambos, cliente y tatuador, necesitábamos. Había ido a la siesta y regresé al departamento sin sol de custodio.

El tatuaje negro relucía debajo del film como si estuviera cubierto de manteca. El dolor se había anidado y no parecía tener planes de irse. Dudaría si tuviera que repetir aquel flagelo que nombran con el verbo tatuar —curiosamente parecido a torturar—, pero cuando miro el pájaro de alas extrañas que corona el centro de mi antebrazo, el pájaro que me mira con su único ojo anillado, sé que hice lo correcto.

No era mi primer tatuaje, pero lo sentí primerizo. A diferencia del chiquito que tengo en la espalda, éste iba a ser visible en todos los veranos que me quedaran de vida. Sin darme cuenta me estaba pasando a la categoría social de: «Me atendió ese chico, el del tatuaje». Me estaba mudando del barrio de los comunes y corrientes para aterrizar en la zona de los tatuados, en el término más vistoso de la palabra. Pero no me preocupaba, porque por primera vez iba a hacer algo que jamás había hecho en mi vida: algo que me importara. Que me importara sólo a mí. Que me importaba sólo a mí a pesar de las cosas.

Quería escribir. Quería pasar el resto de mi vida haciendo eso.

Pasamos semanas juntos, la idea del diseño y yo. Opté por dibujos tribales y el color negro por sencillez y por gusto. El tatuaje debía estar en un lugar que yo pudiera verlo siempre. El objetivo era que funcionara como un recordatorio perpetuo hasta morirme o quedarme ciego. Había elegido el brazo izquierdo porque soy zurdo, y, a diferencia de los diestros, yo me encariñé con ese lado. Lo único que no se podía discutir era el actor principal de esta pintura, el centro de todo: el pájaro en el lado interno del antebrazo.

Robé el ave de El libro de los abrazos de Galeano. El libro que encendió el fuego en el cual yo quería arder. Quería escribir y de alguna manera volverme ese libro: que mi vida se volviera hojas de papel y de palabras hermosas, conectadas a un mensaje que viviera hasta que el libro se cerrara. Cuando me preguntan sobre tatuarse, siempre le digo lo mismo al futuro portador: tiene que tener un significado, la tinta tiene que enjaular un sentido, tiene que permanecer un mensaje que valga cada una de las agujas y las punzadas.

A veces pienso que somos papeles vivientes que sufren lo que sufren las páginas. Cada vez que miro mi brazo sé que ese 22 de noviembre le hice un juramento al Julián del pasado. Le prometí que encontraría al Julián del futuro que ambos estábamos buscando. Y al encontrarlo debía decirle que si no escribíamos, moriríamos en el silencio.

Pero los tatuajes no son necesariamente mensajes hacia uno mismo. A veces queremos cargar en la piel más de lo que podemos cargar adentro, decir algo que no pudimos decir, que ocurra algo que no ocurrió. Cuando conocí a Martina me pareció simpático el tatuaje en su talón. Dos flechas que viajan opuestas, y en el centro, volviéndose palabras, «Inhala» y «Exhala». Creí que era alguna especie de frase de autoayuda como las maquilladas en internet con bandadas de pájaros. Pero no. Las flechas nacieron de su puño y lápiz, y las palabras le hablan a su amiga asesinada por una falla en el calefón.

La tinta también habla y camina por aquellos que no pudieron. Por eso hay tatuajes para recordar, y hay tatuajes para no olvidar.

Julián Scatolaro

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