No quiero | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

No quiero

abril 30, 2017

Al silencio me lo llenan las mariposas. La ventana siempre cerrada para que no entren males: es la segunda promesa que voy cumpliendo. La yerba casi se termina y el plato de fideos no se mueve, atemporal, arraigado a la mesa. Hay pisadas que van, pisadas que vienen, que no entran, y tengo miedo de que ya no toques para entrar.

Quiero que me sientas desde lejos, pero el temblor de mis piernas debajo de la pollera me dice que no. El labial también tiembla en el espejo, y me dibuja un río o una vena que me corre hasta las ojeras.

Del celular ya me olvidé; por la noche y por el día ya no me cuenta que me amás ni me pide que te perdone. Viste, tanto que me acusabas de adicta. Ya no hay celos por eso. Si me vieras lo entenderías.

En el fondo me alegro. Estoy distante y puedo no callarme. Me compré comida como para un mes pero me duró menos. La ropa de salir no me la traje, para tu alegría. Al verme la sombra me doy cuenta de que me vestí con los piropos y las caricias. A veces agarro el mismo labial que me dibuja el río y pinto; el mundo es lienzo cuando no encuentro papel. En la pared escribí mi nombre porque sé que ahora no lo alcanzás. También hice garabatos del poema que tanto me reenviabas. «Neruda es un chileno cursi», te dije una vez. «Pero gracias».

Las cosas me faltan porque salí a las apuradas y me aterra imaginar mi foto en algún lado. Me toco el cachete y sigue hinchado. No sé llorar por llorar porque cuando me asusto, no lloro. ¿Y si me llego a olvidar de cómo se habla, y si por culpa tuya la vida se me cae? «Sos el muro que armo para mí», dice en la pared. No tenés perdón de ningún Dios. El mismo que pedís que pronuncie; pero me tapás la boca y tu peso me aplasta los pulmones. La memoria no se le sale al vestido azul ni dejándolo en remojo.

Pienso en el poema y lo retocaría. No es tan cursi, pero le falta. Neruda debería vivir en los garabatos al lado de la puerta y quedarse ahí.

 

Me gustas más cuando hablas porque estás acá. 

 

Te amaría con mis ayeres si adentro no me diera miedo. Entonces me doy cuenta de que no sé separarnos. No sé vivir en este terremoto. Y el tiempo me escondió la boca. «Al menos estás ausente», y te reís. Yo no. A Neruda le gustaría, al menos.

Cuando la lluvia se interrumpe, las mariposas salen de su silencio y completan el mío. Me acurruco y me huelo y siento tu desodorante, y se me llenan las cosas que no quiero que llenes. No traje mi perfume.

Pienso que sos el desierto en un mar de náufragos. Me das tu lengua para que me saboree, y no quiero.

 

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

 

Esta parte no está tan mal.

Cuando no duermo me la paso desarmando la geometría de las estrellas. A veces, antes de despertarme, sueño que me disparás balas de algodón. Son quince. Las cuento.

Julián Scatolaro

Imagen: Egon Schiele

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