Sin cadenas | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Sin cadenas

junio 22, 2016

El emperador Cirón ingresó a la habitación escoltado por dos de sus soldados y ayudado por el bastón de punta de marfil. Sus ojos, apenas vivos, le bosquejaron ante él una silueta acurrucada en un rincón. Los guardias tenían la orden inmediata de dejarlo a solas con el prisionero, y cuando se dispusieron a cerrar la puerta uno de ellos divisó lo que parecía ser una sonrisa, entre la maraña de pelo polvoriento y el sudor sanguíneo de lo que antes supo ser un hombre.

Dos grilletes mordían las manos del hombre, las mismas manos que durante décadas memorizaron la textura, el cuero, del Libro de Vadú.

«Años. Tantos años».

El emperador no supo si lo había dicho con sus palabras o con el susurro de su mente; dudó si en aquel instante lo había exclamado vivaz, victorioso, como proclamando el fin de los sueños soñados pesadillas.

.

Cincuenta años antes, una pequeña cuadrilla partió de la ciudad amurallada justo antes de que el sol se diese cuenta. Por aquel entonces, Cirón era el emperador más joven que el Imperio de los Soles haya tenido —perdería ese título ciento veinte años después con el nacimiento del rey Aronn—. Había estado supervisando personalmente los preparativos, hasta en los instantes previos de la marcha de los caballos, antes de que se perdieran como motas persiguiendo la noche migradora.

El emperador intentaba ocultar su desesperación, pero lo delataron sus gestos veloces. La mirada rapaz, poseída, sobre su batallón. El tiempo, como un espía, participó de esa conducta; desde el día anterior los rumores viajaban sobre los nueve continentes por ave y por barco, por jinete o caminante. El rumor debía ser confirmado cuanto antes. O cercenado. Y es que era lo más esperable en aquel entonces: hasta el guerrero más novato intuía que, de ser cierto, no habría jamás una oportunidad inmejorable para obtener el libro prohibido de Vadú.

A unos metros, el capitán Tirigan se fijaba en su emperador atareado entre los preparativos de las provisiones y el vaivén de las espadas meciéndose, como agujas tenues, sobre los jinetes. La presencia de su Señor en los establos no lo sorprendió tanto como el hecho de verlo prescindiendo totalmente de su Funcionario de la Voz. Se sabía desde antes de nacer que la lengua de un emperador hablaba sólo cuando los imperios chocaban. Jamás pronunciaba palabra alguna frente a otras personas que no fueran su séquito familiar, sus soldados más importantes, sus amigos leales o el propio Funcionario de la Voz, ese hombre pequeño y barbudo que los soldados aprovechaban para mencionar en sus bromas y que únicamente tenía el privilegio de ser el eco del emperador.

Pero aquel día no hizo falta. El funcionario no despegó su rodilla del suelo, ni profirió sonido alguno para romper el rumor de las mariposas blancas que asomaban en las proximidades del bosque. Hasta ese momento las tropas no estaban acostumbradas a oír el aire de la garganta de quien los gobernaba. No se oyó a Cirón ni siquiera aquella vez bajo los ataques salvajes del País de la Laguna, o luego de la unificación de los reinos al oeste del Valle de Kemm. Y eso a Tirigan por algún motivo le hacía vibrar la piel. Se turbó al imaginar a su emperador convertido en un mortal hablante, una hoja que cae a los pies de cualquiera. Sintió el pinchazo leve de la intranquilidad, una mancha repulsiva que le recorrió la espalda. Lo imaginó como hombre libre cualquiera, cargando los mismos pesares por los recovecos y calles de Cirona.

Pero el emperador andaba con una preocupación diferente. Desde los siglos que arreciaban como tormentas, la búsqueda del libro de Vadú fue la historia que los reinos siempre tuvieron en su saliva. El libro había sido escrito por uno de los hombres más sabios y poderosos que el ojo de la memoria haya visto. Se decía que estaba custodiado por maldiciones que dejaban mudos y dementes a los que espiaban donde no debían. A la obra se la sabía única, irrepetible, y convertía en alma rancia a aquel que intentara el horroroso pecado de transportar la magia fuera de sus páginas. Y acariciaba las obsesiones más primitivas.

Mientras envainaba su espada forjada en las tierras del este, Tirigan evocó la leyenda: hace miles de soles y lunas, en una era huérfana de imperios y reyes, el mismo Vadú se había adueñado del mundo, y lo hizo utilizando un artefacto que desarmaba los abismos secretos de la Tierra. Con el libro se podía conocer el exacto trayecto de una pluma que cayó hace ciento ochenta y siete años, o entender el idioma del viento según la estación otoñal de cada región, o percibir la perfecta proporción de ingredientes de la luz, o levantar ejércitos a través de las partículas de la sombra de un álamo… Pero sobre todo, Vadú había elaborado la obra más anhelada de los gobernantes. La capacidad de ser más poderosos que los múltiples dioses de la cultura al otro lado de los océanos.

El ruido del hierro y del acero golpeándose entre sí inquietó a las aves del bosque. Los jinetes pasaron los primeros grandes grupos arbóreos, y antes habían dejado atrás los campos de trigo y cebada, sangre del Imperio de los Soles, que permitía el intercambio por oro y metales. Tirigan encabezaba la procesión de jinetes. Sabía que pronto estarían rodeados por un ejército de hojas y ramas, y que la poca negrura se transmutaría en colores verdes y caobas. Entonces Galbo se puso a la par.

—¿Cree que lo encontraremos, capitán? —Tirigan lo examinó con las cejas en alto, como si lo hubieran despertado con violencia. Ante el silencio de su capitán, prosiguió—: Me refiero al libro…

—Sí lo que dicen los rumores es cierto, volveremos antes del nuevo sol —respondió.

—Sí es que lo hallamos, capitán.

Hacía unos días, soldados de la comarca alertaron sobre un anciano que vagaba por las tabernas y aldeas con un libro en sus manos. Se movía a pie, vestido con telas andrajosas y un pequeño bolso de piel de león. Aquel hombre mayor, lejos de temerles, fue reacio con los oficiales de la comarca y se negó a la inspección de rutina —el espionaje entre reinos era común en las zonas de fronteras—. Fue perseguido, e increíblemente se les hizo trabajoso alcanzar a aquel anciano que andaba como si flotara. Al final le perdieron el rastro. Sin embargo, lo que les llamó la atención ocurrió días más tarde. El anciano volvió a ser visto cerca de la Aldea de las Nubes, a unos kilómetros de donde había desaparecido. Ese fue el indicio que hizo sospechar de los conjuros y descripciones de Vadú.

El problema se volvió más urgente por la ubicación: la Aldea de las Nubes era un emplazamiento que funcionaba, a su vez, como límite entre el Imperio de los Soles y el Reino de las Rosas. Si existía la remota posibilidad de que la obra de Vadú estuviera allí, se debía corroborar antes de que el enemigo lo hiciera primero.

«De encontrar el libro —anunció Tirigan al joven— haremos eternos al emperador, a nuestra tierra y también a nuestra propia hazaña.» Galbo miró a su líder y se vio junto a él presenciando a los nueve continentes alzar el estandarte de soles dorados. Si en ese momento Galbo hubiese sabido lo que ocurriría más tarde, no habría dudado en ahorcar a su caballo con las riendas con tal de regresar lo más rápido posible a la incrédula seguridad de los muros de piedra y de las joyas sobre la cabeza de un gobernante. Sin embargo, jamás hubiese aprendido la espantosa lección que le deparaba. Aquella que dice que en la tinta desparramada por una pluma habitan más demonios que en un ejército de espadas.

El capitán escrutó el sinuoso camino y pensó en todos los hombres, mercaderes, mercenarios y campesinos que antaño hicieron el mismo camino. Como si ahora ellos, los ya perdidos, fueran guías invisibles hacia una obsesión común. Cientos de emperadores y reyes vasallos habían muerto y vuelto a morir por el poder de Vadú. Al igual que la mayoría, Tirigan desconocía la lista completa de los antiguos poseedores del libro. Recordaba, eso sí, algunos de los personajes más célebres, que continuaban respirando en los cuentos infantiles de Cirona. El primer usurpador fue Amhaldor el Furtivo, hijo del rey Octavión, quien según el mito tomó el libro de la tumba del mismo Vadú. Del relato, la parte predilecta de los niños siempre era la descripción del príncipe luchando contra las manos esqueléticas del sabio. La epopeya de Amhaldor duró hasta la irrupción del Emperador Galiemo desde los Cuatro Ríos con las Tropas Doradas, acallando para siempre los poemas del príncipe. A partir de allí el linaje de usurpadores continuó con algunas figuras menores. Seguramente muchos, buscando agigantar su mito, se jactaron de haber ostentado el libro, pero Tirigan suponía que lo único que consiguieron fue dejarse morir por las dinastías más sangrientas. Se dice que el último en tenerlo fue Hiercalo, el Señor de las Tierras del Sur. Cuentan que trasladó y ocultó personalmente el libro en cada una de sus trescientas islas, hace más de trescientos años. La traición de sus funcionarios no bastó para tener el poder maldito, y entre la cascada roja que brotaba del cuerpo de Hiercalo, el libro prohibido de Vadú desapareció de todos los imperios del alma y de la naturaleza.

Los soldados llegaron a la aldea justo cuando el sol se posó a la altura de sus frentes. Los guerreros se dividieron en grupos. La Aldea de las Nubes solía ser un gran cauce comercial, por lo que no era extraño avistar una caravana similar a la tropa de Tirigan. Cirón había decidido que unos pocos jinetes, sin banderas ni insignias del Imperio de los Soles, podrían evitar llamar la atención en el poblado. Llevaban consigo bolsas repletas de telas del reino para asegurar la coartada. Sin embargo, el problema podría venir por otra parte: la aldea recibía la influencia del rey vecino Qiánlo. Tirigan lo sabía, y no perdió ocasión de recordarle a su séquito la importancia de realizar la misión lo más rápida y secretamente posible.

Galbo permaneció junto a su capitán al igual que en todo el trayecto. El joven era listo a pesar de su edad. Hijo de un herrero, conocía todo sobre los materiales que podían pasar por el martillo. Debido a ello, fue relativamente fácil para el padre conseguirle una prueba de reclutamiento. Por mucho tiempo se encaminó como escudero de habilidad insuperable en las armaduras, seleccionando las armas más apropiadas según la situación; aconsejando, cuando un superior lo requiriera, sobre las ventajas del bronce o el oro. Pero lo que le valió a Galbo la oportunidad de ingresar a las tropas de combate fue su capacidad con la esgrima. Más allá del abismo entre su rango y el de su subordinado, Tirigan le había dado la confianza suficiente para oír sus opiniones, y hasta le dio autoridad de repetir algunas de sus órdenes. No era extraño ver a los soldados con gesto de ofensa cuando veían llegar a Galbo.

—Ustedes —les informó a un grupo— el capitán les asignó la zona de las colinas —se volvió y se dirigió al otro grupo—. Ustedes se encargarán del centro. Recuerden: no hay que levantar sospechas. Si detectan algo extraño, usarán esto.

Extrajo debajo de las pieles y la cota de malla un cuerno hueco de buey, y se los arrojó a sus pies, sin dejar de sonreírles.

Los soldados lo miraron con desprecio. Pero no dijeron nada.

Hacía dos horas que los jinetes recorrían las calles, pasando por los puestos de cebada y especias. Un tercer grupo, incluido el joven escudero, quedó apostado con Tirigan en el lugar pactado. El capitán se encontraba un poco más adelante, camuflado por la cortina de álamos, observando paciente, como un búho en cacería. Recordaba un asentamiento más pequeño en contraste con la urbe rural que ahora estaba viendo. Los vínculos comerciales con el Reino de las Rosas, pensó, estaban yendo demasiado bien. Más de lo que el imperio suponía.

Entonces se oyó el cuerno de buey rompiendo el aire.

Todos se incorporaron de inmediato. Venía desde del río. Tirigan trató de no sobresaltarse ante el efecto del sonido. Para los comerciantes, acostumbrados al tumulto, eso era una gota corriendo en un cauce, perdido entre los gritos y las ofertas de estaño y joyas hechas con lapislázuli.

Las tropas bordearon sigilosamente la cortina de álamos, tratando de evitar la entrada de la aldea. Llegaron hasta una cueva. Allí se encontraron con tres soldados merodeando el paso. Uno de ellos sostenía el cuerno.

—Capitán, estábamos patrullando cerca del mercado de vasijas cuando vimos a un anciano escabullirse entre los matorrales. Creemos que está aquí.

Tirigan asomó, apenas, la cabeza. «Aquí se esconde la noche», musitó a sus hombres. Con un gesto ordenó a Galbo y a un soldado más que lo acompañaran. La cueva se engullía a sí misma en su perfecta oscuridad. Lo irregular del suelo y la altura hacía imposible que entrara un caballo o una persona tosca. Galbo y Olmor, el otro soldado, eran escuetos; el capitán, por otro lado, tenía que hacer un esfuerzo consciente para no golpearse con las paredes afiladas. A los pocos metros de haber ingresado se percataron de que la extensión de la cueva tenía proporciones laberínticas. Entonces la voz de su líder vibró sobre sus subordinados y sobre él mismo: ordenó a Olmor ir por el recodo que caminaba a la par de la colina. En cambio, él y Galbo tomaron el túnel que se dirigía hacia las vísceras de la montaña.

Al tiempo, la cueva ya no fue cueva, sino un vaivén de piedras que se achicaban y ensanchaban a cada paso. Galbo intentó oír algo, pero la cueva sólo respondía pasos y silencios. Cuando la luz comenzó a hacerse más tenue, tuvo el instinto de sujetar fuertemente el mango de su espada. Tirigan, con la antorcha ya encendida, lo miró y le mostró una leve sonrisa, cortada por el fuego y la sombra.

La verdad de lo ocurrido aquel día sólo lo supieron las sombras de sus protagonistas. Muchos hablaban de magia negra, maldiciones o asesinato salvaje. Se habló de posesión demoníaca, de una complicidad infructuosa entre el anciano prófugo, los soldados y el mismísimo espíritu de Vadú. Pero la versión que la gente replicó en las tabernas durante más tiempo, la historia usada por excelencia para asustar viajeros a medianoche, fue la de la traición de Tirigan. Era más o menos la siguiente: El resto de las tropas ingresaron a la cueva cuando la noche dejó de esconderse. Buscaron por todos los recovecos, topándose con manchas de sangre golpeadas por la negrura que las llamas proyectaban sobre las grietas pedregosas. Cuando lo encontraron, Galbo todavía respiraba. Olmor no tuvo la misma suerte: algunas extremidades fueron reunidas sólo después de varias expediciones. Al concluir la cuarta, se resignaron de encontrar su brazo izquierdo y su cabeza, ya consumidos, tal vez, por las alimañas.  Encontraron al joven herrero, dicen, en un pequeño claro de la cueva, como si un oasis se hubiera edificado dentro de las colinas. Su mano se movía dibujando pequeños círculos en la tierra. A unos metros, cerca de una hendidura en la roca que se abría como una herida, y que revelaba los picos más altos y las estrellas, atrapado entre la oscuridad y la piedra, el cadáver de un hombre mayor. Se dice que los soldados no vieron heridas punzantes, por lo que creyeron que había sido asfixiado por las manos del agresor. El mismo, supusieron, que un momento antes apuñaló a Galbo, seguramente mientras ambos, víctima y agresor, admiraban aquella abertura en la tierra que daba otra salida al laberinto de piedra.

No hallaron la espada de Tirigan, ni a su dueño. Tampoco hallaron ningún libro.

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Pasó el tiempo, tanto como la cantidad de odio que un soberano puede guardarse en el cuerpo. Y el prestigio de Cirón cayó hasta las profundidades. Si su investidura se lo hubiera permitido, habría enviado palomas y zorzales para buscar al traidor hasta en los cielos. Se perdieron para siempre vínculos milenarios con otros reinos por sospecharse albergadores mutuos del prófugo. Jamás, en el curso de la Historia, se había visto perecer tantas ramas de un árbol familiar: los soldados morían conquistando tierras que luego eran abandonadas por conjeturas de la búsqueda. Mientras, la mente de Cirón lo iba carcomiendo. ¿Por qué no pudo verlo venir? ¿Cómo no pudo él, el gran gobernador, no darse cuenta de la semilla de la traición? Al mes del incidente, ordenó ejecutar a todos sus capitanes y tenientes. Los hombres de los lejanos valles agrícolas formaron las nuevas tropas, cuyo único requisito era no saber leer ni escribir. Se tuvo que crear un sistema de símbolos rudimentarios para poder darles órdenes.

Galbo no sobrevivió para ver de nuevo las puertas de Cirona. Fue enterrado a medio camino, en el sendero que unía la Aldea de las Nubes —ahora actual territorio del Reino de las Rosas— con las llanuras doradas. La familia no quiso darle sepultura. No por su condición humilde, sino porque creían que su hijo había sido maldecido en vida por el libro, y temían que la desgracia pudiera reptar por la carne muerta y entrar en su casa. El herrero tampoco volvió a pronunciar el nombre de su hijo, por miedo a quedarse mudo.

El libro volvió a perderse, y los poderosos abandonaron sus anhelos inmortales. Se dedicaron a la ingeniería mágica de la tierra cultivada a gran escala, en vez de la del dominio del clima; a los artilugios que controlaban el armado y desarmado racional de los ejércitos, calculando las toneladas de granos y metal por guerrero. El comercio oceánico reemplazó a la ambición de dirigir el viento y los corazones. Los estallidos del fatal polvo negro enmudecieron los silbidos de las flechas.

Pero entonces, cincuenta años después, los mares del misterio volvieron a estremecerse. Y sucedió cuando un halcón llegó.

Fue a los cien días de haber terminado lo que luego se conocería como la Guerra de los Ríos. En aquel enfrentamiento el viejo Cirón comandó a sus hombres postrado.

Los imperios más lejanos del norte eran conocidos por sus manejos obsesivos en las técnicas de vanguardia. Aquellas civilizaciones, resurgidas de guerras, usaban aves rapaces cuando las noticias equivalían a un océano de oro. El emperador Cirón jamás había recibido un mensaje por halcón. Por primera vez, luego de tanto tiempo, volvió a sentir el ardor de la muerta añoranza.

El Funcionario de la Voz —segundo hijo del anterior, quien fue ejecutado por la cólera de Cirón—, leyó cuidadosamente la carta. Como si el lector fuera él mismo, los ojos grises del emperador bailaron lentamente por la enorme habitación que ya casi no podía percibir. Cuando acabó el recitado, río a carcajadas, como nunca antes lo había hecho, incrédulo ante aquella incoherencia favorable para su destino.

Y luego de un viaje de dos semanas, escoltado por dos navíos de guerra, el prisionero Tirigan volvió a tocar las playas que alguna vez le pertenecieron a Cirón. Nunca se supo con exactitud qué decía la carta —el Funcionario de la Voz fue inmediatamente fusilado aquel día—, pero se rumoreaba que el Imperio Jih había localizado al traidor de pura suerte. Lo identificaron por los rasgos exóticos del Imperio de los Soles, aunque ahora su piel tenía un color cobrizo, y los atuendos pertenecían al más mundano salvajismo.

Se suponía que lo habían entregado a Cirón como muestra de agradecimiento por las toneladas de madera de sus bosques, y por los lazos que durante estos años le permitieron al Imperio Jih seguir manteniendo sus puntos estratégicos en la zona fluvial. Sin embargo, a pesar de la gentil diplomacia, acordaron un lugar neutral para la entrega del prisionero. Optaron por una estancia abandonada en un camino olvidado. La operación se haría en absoluto pacto de silencio. Ninguno quería volver a despertar rumores imprudentes, ni rememorar viejas batallas en el presente. Cirón ordenó agresivamente que los soldados que participaran debían ser analfabetos, aunque solamente un pequeño porcentaje de su población sabía leer y escribir como antaño. Ninguno tenía permitido ver directamente el Libro de Vadú, que sería llevado en una caja de plomo y madera, transportada por tres prisioneros de las islas del oeste. Conseguir un intérprete para comunicarles las instrucciones a esos tres toscos fue una tarea titánica que llevó más tiempo del esperado.

Cuando por fin llegó el día, el emperador apareció junto con un grupo de corceles blancos. Ninguna de las indumentarias, escudos o estandartes tenían algo que hiciera alusión al imperio. Un inepto fue ahorcado esa tarde en el patio de armas, a la vista de todos, por preparar el carruaje que Cirón utilizaba a menudo. Por precaución, reptó encapuchado los metros que dividían el camino fangoso con la puerta de madera podrida.

Todos los recuerdos vinieron a su cabeza cuando se cerró la puerta, y se sorprendió golpeando el rostro de Tirigan con su bastón de punta de marfil. La única respuesta que tuvo para aquella reacción que nacía de su cuerpo provenía del rencor acumulado, del poder que alguna vez pudo haber tenido y que un animal se lo quitó. Un animal que ahora lo sentía maltrecho, trémulo, como si la maldición del tiempo lo hubiese consumido menos que el propio libro. Eso sí, lo alteraba el rumor de la sonrisa que el reo producía luego de cada embestida.

Cirón dejó caer el bastón, jadeando, más por la adrenalina de la emoción que por el cansancio. Tirigan yacía acurrucado contra la pared. El cuerpo de titán y la virtud de guerrero se habían esfumado, arrancados tal vez por las invisibles garras del poder de que sólo tienen las décadas.

Cirón se apoyó sobre la mesa sólo cuando se supo totalmente exhausto. Recién en ese momento cayó en la cuenta de que la caja descansaba, aún cerrada, en el centro de la mesa, testigo silencioso del encuentro postergado. Oyó una leve risa bajo sus pies, y pensó que de poseer mil lanzas en aquel momento, ya hubiera encontrado carne para alimentarlas. Extrajo una pequeña llave, la misma que segundos después el ex capitán vería caer en la oscuridad del cerrojo.

El mecanismo se liberó, y por un instante el viejo emperador se descubrió enamorado de los engranajes de la caja. La abrió de un golpe, retiró la fina mortaja blanca y contempló atónito el desastre que los demonios de la edad habían hecho: una encuadernación marrón que alguna vez supo ser roja; asomaban como fantasmas muchas de las hojas deshilachas, la mayoría cubiertas de polvo. Retiró cuidadosamente el ejemplar hasta sus manos. Y lo abrió como alguien que espera la muerte. Decidió abrirlo en la mitad. En las primeras hojas seguramente estaban escritos los hechizos más rudimentarios. Ya habría tiempo de leerlo todo. Pero entonces sintió como un huracán de pánico se abalanzaba sobre su ser. Y no atinó a otra cosa más que a tantear en el vacío blanco de las hojas ilegibles, producto de la ceguera y del deterioro, mientras la risa de Tirigan se hacía cada vez más enorme desde algún rincón. Se le hacía imposible discernir si aquel sonido estaba ocurriendo en ese instante o si era una maldición del pasado replicándose en el infinito. Cegado por la rabia, olvidó recordar que estaba cegado por la vida. Y ambos descubrieron, al mismo tiempo, secretamente, que en aquella habitación el verdadero prisionero estaba sin cadenas.

 

Julián Scatolaro

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