Sol Azteca | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Sol Azteca

junio 18, 2016

Un día descubrí que mi amigo Marcos era la persona más visionaria de toda América Latina, lo que se dice, un genio. Y jamás me animé a revelarlo. Hasta hoy.

En principio tomé la determinación de hacerlo porque me molesta saber que existen muchos personajes funestos que figuran en el boca a boca de la gente, y no así Marcos. Están ahí por méritos tan estúpidos como haberse sacado fotos en pelotas, por tener actuaciones patéticas en novelas o por haber dicho comentarios incorrectamente desafortunados. Me hiere el hecho de saber que si ahora mismo entro a Google y escribo el nombre completo de mi amigo, no aparecería en la lista de los seres que cambiaron el mundo, que encontraron una forma nueva de mirarlo.

Conozco a Marcos desde el final de la primaria. Todavía vive a una cuadra de casa, y aunque por fuera parece un tipo serio, hosco, la realidad suele equivocarse. Quien lo conoce sabe que es una suerte de archivo de anécdotas. Además, en su casa se realizaron las mejores previas de todo Chajarí. Defiende el título de Tomador de Whisky desde hace varios años, y tiene un terrenito con cancha de fútbol y parrilla. Con esto no hay problema. Pero lo que me genera impotencia, lo que realmente me duele como un puñal en la garganta, es que se lo valore sólo por estas cosas. Y ahora siento que es mi deber, como intento de escritor y como amigo, dar a conocer a este Premio Nobel invisible. Podré por fin, después de tanto tiempo, poner a Marcos donde corresponde. Allá, bien arriba, junto con Mandela, Einstein, Bilardo y Alejandro Magno.

Aquella madrugada nos encontró con diecisiete o dieciocho años, por lo que estamos promediando la última parte del 2007. Habíamos salido de un baile de Estudiantes, por eso me acuerdo que era primavera. Por todo lo anterior es que no me llamó absolutamente la atención haberme topado con una botella vacía de tequila a los pies de una puerta. La noche había convertido las calles de Chajarí en una fiesta, y de fondo todavía se podía escuchar cumbia saturada de algún auto y los ecos del baile. Marcos iba al lado mío, silencioso, con paso firme y la mirada siempre hacia el frente. Nadie más nos acompañaba.

No sé por qué —a lo mejor tuvo algo que ver el alcohol y la música— repetí en voz alta mi hallazgo: «Tequila Sol Azteca». Lo había dicho por decir, y Marcos me miró, sin hacer pregunta, comentario u opinión.

Se ve que la vuelta a casa estaba siendo muy aburrida, porque volví a mencionar el inocente descubrimiento. Y esta vez Marcos me examinó extrañado. Por primera vez en la madrugada había logrado asediar su templanza y confundir a mi amigo.

—¿Tequila? ¿Qué tequila? —dijo.

—Boludo, el tequila Sol Azteca. El que te dije hace un rato.

Y entonces, regresando a la misma actitud inmutable, dijo como pidiendo permiso:

—Ah… yo te había entendido: «Me quiero hacer las tetas».

Lo primero que hice fue convulsionar en carcajadas en medio de la calle Urquiza. Me reí a la mañana siguiente, al otro día, y a las dos semanas. Con el tiempo la anécdota se volvió un clásico, de las que no faltan en ningún asado con los amigos.

Pero un día tuve la idea de estacionar la anécdota en mi cabeza y analizarla detenidamente. El juego de palabras había sido una delicia azarosa, de eso no hay duda, pero deteniéndome cuidadosamente en las acciones de aquella noche, algo me llamó la atención. Me sentí un tarado por no haberlo visto antes. Algo que siempre estuvo ahí, haciendo ruido, y que jamás me percaté: en el trayecto de aquella noche, desde que mencioné el tequila hasta que Marcos entendió su error, había pasado un tiempo considerable. No sé ustedes, pero si un amigo, de la nada, me sale con que quiere hacerse las tetas así sin más, yo tendría una reacción totalmente diferente a la que Marcos tuvo. Pasé insomnios enteros preguntándome por qué él había reaccionado así. Sentí el impulso de interrogarlo, pero sabía que eso dinamitaría mis planes. Conozco a Marcos lo bastante bien como para saber que no me daría mucha información. Él no es de las personas que cuentan abiertamente lo que piensan, lo que los emociona ante el recuerdo, en que dioses creen o las cosas que los perturban por la noche, como a mí me estaba pasando en ese momento. Así que seguí por mi cuenta. Y lo descubrí, por fin, luego de días eternos.

Descubrí que Marcos era un genio, un visionario, y el hijo de puta nunca dijo nada. Entendí que su silencio de aquella noche iluminadora había sido mucho más que ignorancia o aspereza en las relaciones sociales. Su mudez atrapaba un coeficiente intelectual, una mentalidad propia de un abolidor de la esclavitud o un humanista del siglo XIX. Marcos, así como lo ven, es un adelantado en el tema del matrimonio igualitario y la transexualidad.

En Argentina, el matrimonio igualitario había sido un hecho social importantísimo. Fue el primer país en toda América Latina en votar esa ley. Pero todo esto ocurrió en 2010. Marcos se les había adelantado cuatro años a Cristina Fernández, a la Carrió y a Margarita Stolbizer. Lo que fue a simple vista una anécdota inocente de 2007 terminó unos años después siendo un paradigma social y civil, un tema tabú que de a poco comenzaba a soltarse.

Para colmo, el mérito de Marcos era doble porque jamás salió a reclamar su tajada de la torta. No buscó fama en ningún medio, no quiso intereses de ningún partido político; ni siquiera me lo contó a mí, a uno de sus amigos. Su nobleza se agiganta en la humildad de no haberme atacado esa noche con un: «No podés ser tan puto».

No se burló por mi supuesta elección de querer hacerme las tetas. No. Nada de eso. El tipo se quedó ahí, apacible, mirando hacia adelante, como un Profeta de los Travas, como un Rey Sol de la homosexualidad. Si esto no los conmueve, queridos lectores, entonces yo ya no entiendo más nada.

Mi cometido no termina acá, no. Esto es sólo el pezón del asunto. Próximamente estaré creando el evento en Facebook. Si por esas cosas de la vida no les llega mi invitación, no se preocupen. Búsquenlo como: «Marcha a Casa Rosada para exigir que Marcos tenga su estatua en el Salón de los DDHH».

Yo ya arranqué a pintar las pancartas.

Julián Scatolaro

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