Susan | Máquina de Hacer Historias

Autor:

Julian Scatolaro

Cuentos, anécdotas, reflexiones y otras yerbas de un intento de escritor.

¡Pasen y lean!

Susan

junio 7, 2016

El año pasado nos la pasábamos en la biblioteca de la Facultad. Al principio, cuando mi grupo empezó a ir a estudiar—o al menos así le decían—, a mí me pareció una pérdida de tiempo. Pero era eso o quedarme solo en las horas entre materias, así que no me quedó otra que unirme al club.

Yo no había ido ni siquiera al tour que daban los primeros días en el ingreso, así que desconocía totalmente el universo triste de los libros para guardar, conservar y devolver.

Pero con el tiempo le empecé a sentir el gustito. Descubrí que te dejaban llevar mate, había lockers, mesas grandes y una sala silenciosa por si el poco ruido se volvía una molestia. Con uno de los del grupo empezamos a quedarnos solos por cuestiones de horarios —Federico no quería que revelara su nombre, así que de ahora en más lo mencionaré con el seudónimo «Fede»—. Y sorprendentemente fue el momento en que el estudio adquirió más beneficios.

A la hora de estudiar Fede se vuelve una persona silenciosa, y se me hacía raro viniendo de alguien que cada tanto te regala los comentarios más deliciosos. Así y todo, yo le sacaba buen jugo a esas horas.

El cronograma que seguíamos era el siguiente: luego de salir de cursar, nos íbamos a la biblioteca. A esa hora éramos un contingente importante y ocupábamos una mesa entera. Cerca del mediodía nos quedábamos solamente él y yo. Estudiábamos un poco más, parábamos para almorzar y continuábamos hasta avanzada la tarde. Fue en uno de esos días donde conocimos a Susan.

Me acuerdo que ese día Fede estaba estudiando el gobierno rosista mientras vigilaba por la ventana, como siempre, el lugar donde el vendedor del pan relleno armaba su negocio. Salimos para almorzar —en la biblioteca podés dejar tus cosas sobre la mesa sin ningún problema— y al volver nos encontramos con una extravagante mujer sentada en la esquina de nuestra mesa. Una de las encargadas de la biblioteca se nos acercó y nos dijo que se había tomado el atrevimiento de mover nuestras cosas para que la nueva intrusa pudiera enchufar su notebook.

Fede y yo nos miramos un segundo. Era normal que en una mesa tan grande se sentara alguien más a excepción de nosotros. A la biblioteca la usan los de Educación Física —sí señora, los de Educación Física estudian—, los de idiomas, los de licenciaturas humanas y el resto de los profesorados. Eran cuestiones de probabilidades, y tampoco nos importaba compartir la mesa. Lo que realmente nos molestaba era la rareza de aquella mujer.

A mí me costó precisar su edad porque estaba vestida como una mujer que trabaja, destacando sobre el resto de las mujeres facultativas. Enterraba los dedos con avidez en una Dell roja, que supuse carísima, mientras que un cable USB le daba de comer a su Iphone de última generación. Para colmo, la mina andaba con gafas negras adentro de la biblioteca. Una fantástica.

Nos reacomodamos y reanudamos el estudio. Mientras Fede seguía con Rosas, yo apronté el mate y, entre cebada y risa, saqué chapa de mi entrerrianismo y me puse a hablar de las técnicas del mate y del buen tomar. Que la yerba en tal inclinación, que la bombilla después del agua, que la temperatura… La intrusa se limitó a continuar escribiendo en silencio, y cada tanto paraba para agarrar su celular de una forma que me hizo dudar si realmente no se había escapado del loquero. Se había puesto a escuchar audios a todo volumen por el auricular. Tratamos de ignorarla como pudimos. Y tal vez ese fue nuestro error.

Promediando la mitad del termo, algo interrumpió nuestra charla. «Perdón, ¿puedo meterme mal?», dijo ella, casi asustándonos. ¡La intrusa sabía hablar! Con Fede nos volvimos a mirar un micro-instante, y nos refugiamos en el silencio, expectantes de lo que podría llegar a decir. Pero entonces ella tomó una actitud defensiva y se disculpó de inmediato. Supimos en aquel instante que estaba sufriendo la presión de ser una desconocida, ser el sapo del otro pozo. Enseguida le dijimos que estaba todo bien, que no era molestia su intromisión, y le insistimos hasta que nos dijo lo que se venía callando: «Les quería pedir un mate» fue lo que apenas sacaron sus labios. ¡Pero sí!, exclamamos casi al unísono. En ese momento Fede acababa de abrir unos Rocklets y, envalentonado por la súbita timidez de la mujer, le ofreció también.

Allí fue cuando entró en confianza. Nos contó que se llamaba Susan, que era chilena, que vivía con su hermana y que vino a Argentina a estudiar Inglés. También nos dijo que en ese momento estaba haciendo un parcial en su computadora. Nos preguntó nuestros nombres, lo que estudiábamos y agradeció cada uno de los mates.

No sé si Fede le hacía mucho caso, pero a mí me seguía sin cerrar su personalidad extravagante, de rockstar indefensa. La convivencia continuó así, hasta que en un momento Susan realizó una maniobra extrañísima, que sólo yo vi: tomó su celular y, todavía enchufado a su notebook, comenzó a rodearlo por detrás de la pantalla, de una forma torpe y súper ineficaz. Entonces la miré. La miré un poco más. Y recién ahí descubrí la verdad.

Lamentablemente, no llegué a tiempo a revelarle el secreto a Fede. Como Susan sólo había aceptado el mate, él volvió a insistirle, con un tono ya cómplice:

—Al final me rechazaste los Rocklets.

—¡Disculpame, me olvidé completamente! —exclamó Susan, con una tonada que ahora entendíamos chilena.

Ella se quedó con la mano haciendo cuchara, y Fede extendió el paquete, esperando que sacara los que quisiera. Y así permanecieron, en un vacío de incómodo silencio, el tiempo suficiente para que Fede descubriera —de una forma más cruda— lo que Susan ocultaba.

La joya de la corona vino media hora después. Ella nos preguntó si le podíamos cuidar las cosas porque quería ir al buffet. Asentimos torpemente, como culpables. Se levantó, sacó de su bolso un pequeño tubo plateado, y al leve contacto el tubito se fue articulando en sí mismo hasta volverse un bastón. Y la vimos dirigirse hacia la salida, golpeteando el suelo con él.

Julián Scatolaro

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